María Emilia Benavides: Mística y transmutación hacia lo sagrado
por: Ulises Paniagua
La obra de la artista mexicana María Emilia Benavides no es simplemente imagen. Es transfiguración, trastocamiento, transparencia donde asoma un mundo paralelo casi olvidado: arqueología y actualidad de la más honda fantasmagoría; palimpsesto visual en medio de un concierto de soledades; idea del vacío y desapego llevado al límite.
El oficio de esta creadora aborda la angustia de vivir y su contraparte, el éxtasis (dulce oposición que experimentó Georges Bataille, en su ensayo “Las lágrimas de Eros”). De esta manera, sobre el lienzo se indaga, se cuestiona y experimenta el perturbador acercamiento de la religiosidad y la pulsión erótica. Descubrimos en Benavides la fascinación de la particular visión del cuerpo ante una postura sufriente, pero liberadora. La realidad actúa en capas físicas y metafísicas: es el reino material y aquello que se presiente, invisible, tras él. Es la carne del pincel a la vez que su eco; transmutación de la espátula; materia que, vaporosa, es alquimia que logra el ascenso hasta la sacralidad (en ello recuerda a Remedios la bella, quien en “Cien años de Soledad”, alcanza el cielo de manera misteriosa).
María Emilia busca sublimar lo efímero. Se pregunta sobre la idea de la inmortalidad; viaja desde las alturas del cielo (donde reside su estudio) hasta el asombro de quienes conviven, día a día, en el plano cotidiano. La paleta lleva el ritmo de un conjuro, de un conjunto de conjuros. Ocurre lo imposible por posible: hay metamorfosis imprevistas, homenajes a Goya y Cotor; se muestran los hombres-venado, los cristos con llagas, la Virgen de Guadalupe en su esplendor. La obra, a su vez, es una reflexión acerca de si vale la pena el quehacer artístico.
En un viaje que lleva más de tres décadas de trayectoria, se manifiesta en esta sala una extensa simbología personal, cosmogonía artística largamente generada. Lo que se mira “es”, ocurre en un universo polícromo donde se manifiestan los rojos, los azules, los anaranjados como signos de lo humano: la intensidad de la vida junto a la presencia de lo melancólico. Es ahora y es nunca: desformas de lo sagrado. María Emilia busca descontextualizar, resignificar, desacralizar, romper límites entre las artes visuales. Estamos en presencia de una larga trayectoria (que inició en 1988, y que incluye exposiciones en la Casa de Arte de Málaga, y en la Navari Galery, de Austin, Texas). Aunque nos hallamos, sobre todo, ante una practicante de la magia a través de lo que se pinta; ejercitante de un discurso que, a través de los ojos y el gusto de los ojos, convierte al espectador en parte de su proceso.
Sea esta una muestra de su extenso quehacer, de un oficio hechicero que cumple, sin duda, el objetivo que María Emilia se ha impuesto: aquí todo es diferente, y sin embargo, Todo es lo mismo (de algún modo y desde los distintos ángulos de la curvatura del espacio-tiempo). Aquí lo sagrado es movimiento: la inocencia de lo absoluto.


