Democracia y tekné en Heidegger

 Francisco Tomas Gonzalez Cabañas

Heidegger y la democracia. ¿Por qué es la democracia y no más bien otro sistema?.
Por Francisco Tomás González Cabañas.
Centro de estudios políticos y sociales “Desiderio Sosa”.
Resumen: El presente artículo buscará indagar en lo otro que no está expresado ni
sentenciado concluyentemente en el corpus teórico de Martín Heidegger. La conjetura
principal es que existe en sus líneas de pensamiento una filosofía política, que va mucho
más allá de las caracterizaciones que no pocos, realizan sobre los aspectos
condicionantes que tuvo que vivir como víctima de una época en el mundo, funesta.
Hilar palabras, dado que primero fue el verbo, es ni más ni menos, que fortalecer la
democracia como eterna aspiración a lo mejor, generando para ello, la construcción de
una logocracia, que proponga lo prioritario de un sistema que tiene al número, como su
estandarte mentiroso y tramposo, que ocluye la posibilidad de contar con una política
más humana o humanitaria. Intetaremos demostrar que Heidegger, como de otros
aspectos, también habló de esto.
Palabras clave: Democracia, otredad, pobreza.
Heidegger and democracy. Why is it democracy and not another system?
Abstract: This article will seek to investigate the other that is not conclusively expressed
or sentenced in the theoretical corpus of Martín Heidegger. The main conjecture is that
there is a political philosophy in his lines of thought, which goes far beyond the
characterizations that not a few make on the conditioning aspects that he had to live as a
victim of a disastrous time in the world. Spinning words, since the verb was first, is
neither more nor less, than to strengthen democracy as an eternal aspiration to the best,
generating for this, the construction of a logocracy, which proposes the priority of a
system that has the number, as its liar and deceitful banner, which occludes the
possibility of having a more humane or humanitarian policy. We will try to show that
Heidegger, as with other aspects, also spoke of this.
Keywords: Democracy, otherness, poverty.
“Cada una de las posiciones políticas fundamentales se afirma en la proclamación de un
ideal: es planteada una idea de la comunidad humana y su felicidad como norma de
apaciguamiento y orden de lo real y con ello de su reorganización. Pero por otra parte
esta idea es determinada como democracia, que adjudica al pueblo la posición
determinante de poder…La apariencia democrática es suscitada por los gobernados de
igual modo y sostenida como por los gobernantes; pues esta apariencia, de que el poder
pertenezca a todos y sea distribuido a todos, mientras en verdad a nadie pertenece, surge
de la esencia del poder, para cuya autorización todo dirigente queda sólo como tal
desconocido predominado, en cuya gestión el poder manifiesta y esconde peculiarmente
su riqueza. Este encubrimiento de la verdadera tenencia de poder en la autorización de
poder tan sólo es verdaderamente hallable donde el despliegue de poder tiene carácter
ya no sólo político sino inmediatamente metafísico, en el despotismo y la dictadura”
(Heidegger, 190: 222).
 

El artículo que proponemos debiera llamarse “Los conceptos heideggerianos y la
democracia” pero por economía del lenguaje y por la síntesis provocativa, que
encierran todos los autores y sus obras, a las que se les presta menos atención dado
que para ello, es necesario leer y en todo caso, pensar, que a las acciones, por las
que fácilmente, y siempre, fuera de contexto y en términos relativos, juzgamos a los
que vivieron, poniendo palabras en un papel, lo dejamos de tal modo, haciendo la
presente salvedad, para ufanarnos de otro logro que dejó de importar como la
honestidad intelectual. 
 
Al preguntarnos, heideggerianamente, ¿Por qué es la democracia y no más bien otro
sistema? (re-versionando la pregunta que toma de Leibniz ¿Por qué es el ser y no
más bien la nada) encontramos valiosos conceptos que dan una idea acabada de la
relación poder, política, democracia, maquinación y resistencia que podrían formar
un pliegue de la perspectiva más política, desde lo filosófico, de un Martín
Heidegger, ya juzgado (postreramente) por sus acciones, omisiones y concesiones
en su vida particular, que para demasiados, se transformó en lo más importante de
su legado, ocluyendo esta posibilidad, de seguir leyéndolo y con ello,
posibilitándonos pensar, nuestro aquí y ahora. 
“La posesión del poder es así, en general, retenida para el hombre, y sin embargo
tiene que haber tenedores de poder, que conduzcan el juego del mismo en un
espacio, donde previamente toda reivindicación de poder ha sido ligada y no acaso
sólo apartada una validez de hecho de los singulares y de grupos. Tales tenedores de
poder sólo pueden ser pocos; pues únicamente los sólo-pocos garantizan el
homogéneo manejo de todos los medios presentes de poder, conducido desde un
centro y vuelto a reunirse en él. Los sólo-pocos posibilitan por adelantado también
sólo asegurar las posibilidades de nuevas e insospechadas formas de conducir la
sorprendente realización” (Heidegger. Op. cit., p. 226).
 
La democracia ya pensada como estructura, dispositivo o formato que permita la
dinámica del poder en cuanto tal, quedará claramente expresada. 
 
“El poder no pertenece al pueblo, ni a un singular, tampoco a esos sólo-pocos. El
poder no tolera poseedor alguno…El poder domina en aras de la autorización de sí
mismo en la esencia, es decir la maquinación” (Heidegger. Op. cit., p. 228).
 
Diagnóstico, concepto de “maquinación” mediante, esbozará, a nuestro modo de
ver, tímidamente un umbral de alternativa, de resistencia, que será como veremos
un regreso a su perspectiva más ontológica, pero vinculado al saber, que será para
otros, una deconstrucción del mismo, como para los más heideggerianos un olvido
de ese hacer como historicidad del ser, para dislocar lo absoluto.  
 
“Los presagios de una historia en esencia otra exigen un saber de la maquinación
que no la rehúya a través de ningún encubrimiento y con ello se encuentre en su
inevitable dominio y no obstante la resista…la instancia de este estar en, acaece en
el modo de un saber, que es más activo que todos los hechos al servicio de la
maquinación, porque según su esencia no requiere resultado alguno, sino que es lo
que es en tanto es” (Heidegger. Op. cit., p. 230).
 

Creímos indispensable este aporte, de un pensador de la talla de Heidegger, que nos
dejó visiones proféticas de cómo reduciríamos el fenómeno de lo humano, a lo
actual y que lo pudo señalar casi un siglo atrás de nuestro acontecer. 
 
“Cuando se haya conquistado técnicamente y explotado económicamente hasta el
último rincón del planeta, cuando cualquier acontecimiento en cualquier lugar se
haya vuelto accesible con la rapidez que se desee, cuando se pueda «asistir»
simultáneamente a un atentado contra un rey de Francia y a un concierto sinfónico
en Tokio, cuando el tiempo ya sólo equivalga a velocidad, instantaneidad y
simultaneidad y el tiempo en tanto historia haya desaparecido de cualquier ex-
sistencia de todos los pueblos, cuando al boxeador se le tenga por el gran hombre de
un pueblo, cuando las cifras de millones de asambleas populares se tengan por un
triunfo… entonces, sí, todavía entonces, como un fantasma que se proyecta más allá
de todas estas quimeras, se extenderá la pregunta: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y
luego qué?” (Heidegger, 2003/1935: 42-43).
 
Finalmente dejamos la siguiente reflexión de un autor que se propuso una
vinculación parecida a la intencionalidad que nos motivo a la confección del
presente artículo. 
“Cuando Heidegger se volcó a impensar la metafísica, cuando sentenció que la
ciencia no piensa, cuando concibió el lenguaje como la casa del ser en el sentido de
que no hay escape del mismo, estaba andando caminos que mucho tiempo después
recorrerían filósofos de la ciencia y epistemólogos…Creo que Heidegger nos habla
todavía hoy, nos habla con acento de eticidad contándonos que no sólo nos
concentremos en la objetivadora vista, que demos cabida en nuestro ser y actuar a la
escucha atenta por la que la otredad entra en diálogo con la ipseidad. La escucha
atenta es siempre escucha de narraciones constituidas como sentidos que se cruzan
entre sí desde tiempos inmemoriales y que en cada acontecer vital se reconfiguran
una y otra vez. Todo conocer se vuelve así tanto un reconocer como un
reconocimiento del otro. La formación de un ethos democrático tiene aquí un buen
punto de partida y otro mejor de llegada” (Seoane, 2020:13). 
La pregunta que nos orientará hacia el sendero de bosque, tras la huella
heideggeriana, es ¿A dónde podemos ir en nuestro transitar democrático?. Nuestra
conjetura es la siguiente.
De un sistema político a un sistema de poder.
La otrocracia. Más allá de la democracia, tan cerca de nuestras posibilidades.
Sí el tiempo modifica el espacio, el sistema de poder integra a la institucionalidad y
a las variables políticas, sociales y electorales. La democracia ocurrió ayer, tras ella,
estamos en condiciones de pensar en el poder en cuanto tal, en su condición
primigenia y performativa, en comprender y entender que siempre es el otro, quién
posee aquello por lo que soy y en definitiva el que detenta la posibilidad de
determinar mis decisiones por más que se sienta o crea lo contrario.
En caso de que el espacio en su variabilidad, permita el tiempo, lo que antes fue una
facción de hombres asociados, más luego estado fijado por un contrato,
sistematizado en un conjunto de principios, leyes y normas, debe ser escindido en
su noción de síntoma y aprehendido como lo posible, en una suerte de ipseidad de
la lógica del amo y del esclavo.

La otrocracia, es lo posible de nosotros mismos, la llave que puede liberar el lazo
esclavizante que venimos consolidando, inercialmente, bajo lo que dimos en llamar
democracia y sus atenuantes, institucionales, legitimadores y siempre ratificado por
voto, de supuestos iguales que creen lo imposible de la mismidad, permitiendo el
absolutismo, el totalitarismo, de base individualista, hegemónico, que destruye la
alteridad con la que se construiría un todos o una voluntad general.
La otrocracia va mucho más allá que un mero sistema político, social, de gobierno o
una variante electoral o electoralista. Se trata de actuar, desde el yo político, desde
nuestro “dasein” colectivo, para desde la convergencia, diseminarnos en cada una
de las divergencias que nos hagan validarnos en un poder que nos debe amparar de
nosotros mismos, de nuestros deseos y de nuestros temores, que también, son
siempre del otro, en el desdoblamiento, que nos permitirá ser libres en la medida
que nos rijamos bajo los parámetros de lo colectivo.
Dentro de lo que proponemos, las políticas públicas no deben estar sujetas a
tiempos, sino al cumplimiento efectivo de ciertos objetivos. Los poderes de ese gran
otro, que será el actual estado, no necesariamente deberán estar divididos para que
se nos garantice, un sistema de contrapesos o de control. Al no estar determinado
por un tiempo que lo haga pendiente de un cronograma electoral, ni residir en
espacios reales o simbólicos, este poder se garantizará para sí, su función principal
que es la de prometer libertad, a quiénes, para ello, subyuga.
Confirmar que el deseo de ese otro, es el deseo de la constitución de lo colectivo,
será la misión principal de la otrocracia que tendrá que constituirse, primariamente,
mediante los siguientes votos que instituirá, primero una administración central, y
más luego consejos consultivos.
Para la conformación de la administración central, se implementará el voto
compensatorio, para generar el reconocimiento de los sectores más postergados.
Para aquellos que el sufragio, el voto o la emisión del mismo, en la cuenta final de
la jornada electoral valdrá a partir de su institución un total individual de cinco (5)
se deberá no a lo que hicieron o dejaron de hacer individualmente, sin por lo que el
estado ha dejado de hacer por ellos, que podría sintetizarse en reducirlos a la
pobreza o la marginalidad. De allí que el término sea “Compensatorio”, es decir,
todos los días y años en que el estado no estuvo para estos ciudadanos, estará el día
de la elección, mediante la fuerza que le debe devolver para que el voto de estos, se
diferencie de quiénes sí han tenido al estado en sus vidas o días más allá de una
elección. Este empoderamiento, o devolución, significará la posibilidad de que estos
puedan defenderse en su dignidad, cuando sus representantes o candidatos a
representarlos en la administración vayan a intentar seducirlos mediante la dádiva,
la prebenda o el intento de compra directa de sus votos, haciendo uso y abuso de la
situación de marginalidad a la que están sumidos, por ese mismo estado que nos lo
defiende y que tiene como representantes a esos que van en busca de explotarlos en
su dignidad, pidiéndoles que los voten trocándoles la decisión por algo puntual.
Esto generará que la legitimidad de la representación ante la administración de la
cosa pública, se ajuste a derecho, pues aquellos que no tienen o cuentan con el
estado que les debe garantizar al menos no estar en la situación de pobreza en la que
se encuentran, siendo presa fácil de los extorsionadores del voto, como de la
delincuencia (como salida económica o como mecanismo de defensa ante un
sistema que los discrimina y repele), y de todo tipo de enfermedades que les
produce el esquizoide mensaje de que son parte, pero no tienen lugar, ni
oportunidad de sentirlo o vivenciarlo. Hacer visible, en la contundente forma, de
que todos aquellos a los que nuestro sistema tiene afuera, valen como voto el

número de cinco (5), nos impelerá a trabajar seriamente en generar una otrocracia
verdaderamente inclusiva, más allá de los detalles de lo ideológico, lo partidario o
lo cultural de cada pueblo que se precie de habitar y de convivir bajo un régimen en
donde la representatividad ante la administración de la cosa pública, no tenga vicios
de origen, o apañe situaciones históricas de desigualdad, injusticia y marginalidad,
para sostener la perversa mentira de que todos en la misma proporción tenemos la
misma contemplación del estado, del que sí, en este caso, sin excepción todos
hemos cedido en nuestra libertada política para su conformación.
Se establecerá también el voto anticipado. El voto anticipado, permitirá que el
ciudadano, en los tiempos actuales en donde considera un valor positivo el
compartir sus gustos, preferencias y elecciones, ante sus semejantes, por intermedio
de plataformas virtuales o de redes, haga lo propio con su preferencia electoral o
política. El voto o sufragio clásico que, en varias aldeas occidentales, sigue
amparado por ley, para que se lo respete en su condición secreta, fungió con
utilidad hace décadas atrás, cuando las realidades sociales y existenciales no habían
sido gravitadas por la explosión del mundo digital y de la cada vez más influyente
inteligencia artificial. Sería más que una falta de tino el señalar, como se vio
modificada la vida diaria del occidental promedio, de dos décadas a esta parte, más
bien, es incomprensible como aún no se haya generado, hasta esta oportunidad, la
posibilidad para que el ciudadano moderno, pueda hacer visible, pueda exteriorizar
sus elecciones políticas, y en el caso de que lo decida que lo comparte y difunda, tal
como lo hace con todos los otros (al menos tiene tal posibilidad) aspectos de su vida
que no solo son considerados públicos, sino también áreas o zonas privadas.
El voto anticipado logrará modificar sustancialmente el eje desde el cual se realizan,
frustradamente, todos los intentos hasta ahora de dotar de mayor calidad y
participación a las formas electorales hasta ahora conocidas.
No se votarán tampoco por candidatos o partidos. La oferta de lo electoral, se vera
circunscripta a objetivos puntuales que grupos o agrupaciones de hombres y
mujeres plantearan ante el electorado. Una vez determinado que espacio, se hizo
con la administración de la cosa pública, en caso de que cumplan parcialmente los
objetivos (que serán auditados, cada dos años, por una asamblea ciudadana que será
elegida por sorteo público) renovarán su permanencia en el poder, que nunca podrá
superar los diez años contínuos. Las decisiones que tomen desde esta
administración, debera estar refrendada por la mayoría simple de los diversos
consejos consultivos que oficiarán a modo del otrora poder legislativa. Se
instituirán hasta cien consejos, que cada uno determinará el procedimiento electivo
de sus miembros, ninguno de ellos podrá tener más de cien integrantes, y sesionarán
al unísono para aprobar o rechazar las propuestas de la administración central. Sí
más de la mitad de los consejos, aprueba la solicitud se la implementará, caso
contrario se rechazará la misma.
El otrora poder judicial, se deconstruirá en una red, en que cada uno de sus antiguos
integrantes decidirá sí formará parte, teniendo como metas o tareas, la elevación de
propuestas normativas o redacción de proyectos de ley, que se elevarán a los
consejos consultivos para su aprobación o rechazo.
Sí nosotros, en cualquier aldea que se precie de republicana, pretendemos, realizar
una modificación nodal, de raíz, sustancial al sistema político imperante,
pretendiéndolo o ejecutándolo, por la vía de los poderes ejecutivos o legislativos, no
lograremos más que fracasos, con diferentes gradaciones en cuánto a lo rotundo,
intenso y colorido de los mismos (en el último lustro podemos acopiar en
cantidades industriales desde las más comunes hasta las más exóticas experiencias

que culminaron en el mismo muladar de la imposibilidad del cambio y con ello la
resignación y la desesperanza en distintas partes del globo), ahora, sí nos
aventuramos a transigir el sendero de exigirle las respuestas institucionales, al
principal poder que sostiene los dos restantes, que en esa estratagema de la política
se nos presentaban (escolar y académicamente se nos presentan así) como en un
mismo nivel y en una misma línea, cuando en cambio, tanto el legislativo como el
ejecutivo, son en verdad apéndices del poder real que está asentado y acendrado en
un poder judicial, que no casualmente se nos muestra, ante la sociedad civil, como
oculto, inaccesible o solamente necesario ante el conflicto, la realidad será,
necesaria y formalmente diferente.
La justicia en el sentido hasta ahora entendido, pasará a la órbita de la
administración central, creándose para ello, un organismo en donde se aglutinarán
las diversas fuerzas del orden, como las congregaciones espirituales de los credos
inscriptos y regulados, como agrupaciones de ciudadanos interesados en ello que no
formen parte de otros estamentos del estado, las resoluciones que de aquí salgan y
se determinen, podrán ser refrendadas o rechazadas por la mayoría que se logre o no
en los consejos consultivos, que podrá crear una comisión que se encargue
solamente de este aspecto de la cosa pública (el servicio de justicia).
Estas son las consideraciones introductorias, básicas y elementales, del sistema de
poder “Otrocracia” que puede encontrarse en su versión completa, desde su
perspectiva teórica como su manual de implementación práctica.
¿Y para que caudillos en tiempos de democracia?
Martín Heidegger se preguntó ¿Y para que poetas en tiempos de penurias? A partir
de un poema de Hölderlin, recaba, garabatea, piensa, rodea, posibles definiciones.
Nosotros inspirados en palabras que bosquejó como las siguientes; “El hombre debe
arriesgarse, es capaz de hacerlo, debe hacerlo constantemente y a gran escala. El
hombre es un desprotegido de la naturaleza, de la totalidad del mundo y por ello no
está limitado”, nos preguntamos acerca de nuestros políticos en tiempos de
democracia.
Por definición lógica, un gobernante es lo que no es su votante o representado, sino
no tendría razón de representarlo o de tutelar su voluntad política. Más allá de cómo
se lo haya nombrado, individual o colectivamente (rey en una monarquía,
presidente en una democracia) sea piedra fundante de la institucionalidad,
generador de causas sociales o contratos naturales, sociales o de hecho, nos
encontramos ante un ente que asume una representatividad que excede a su
representado.
Sí el votante, súbdito o ciudadano es incapaz de gobernarse per se, por falta de
arrojo o capacidad, por acción u omisión, un desarrollo progresivo de la naturaleza
que va hacia ello pero que no lo logra, una conformación particular de una realidad
social que no termina de plasmarse, una dualidad de alma cuerpo, un compuesto
basado en esencia, o cualquier otro tipo de definición que aún no se termina de
ensamblar, deduciremos que el votante o representado es dentro de un pensar
metafísico, un ser social inconcluso.
Sí el votante es un ser inconcluso el político, que lo representa, el gobernante que lo
suple en ese faltante es una entidad concluida. Más allá de quien haya inventado a
quien o producto de la imaginación de, nos encontramos ante un desarrollo que aún
no se ha topado con este primordial interrogante.

El político representa lo ausente en el ciudadano, más que nada la pretenciosa y
utópica ambición de que todo marche a la perfección, el gobernante básicamente es
la afirmación de querer es poder, el terminar con ese brecha, la simbiosis entre
utopía y distopía, es el salvoconducto de un ser particular con realidad física que
pretende denodadamente transformarse en una entidad general y a la vez real, de
allí que todos los problemas, se solucionen mediante él, por más que no solucione
nada.
Por supuesto que esta pretensión denodada no es explícita. La justicia, el amor, la
gloria y la eternidad son necesidades que hacen a que el hombre sea tal. Como los
conceptos nombrados son ausencias necesarias de cubrir para el ser humano,
también lo es la imposibilidad de encontrar una respuesta a todo los interrogantes,
la incapacidad de vivir atemporalmente (ser eterno).
El político es lo ausente. Lo que él no es, es el ciudadano. El motivo de la existencia
de este tiene un nombre, gobernante, representante, que a su vez, como para
transformarse en realidad efectiva y cobijar a cada uno de los particulares, puede
desgajarse en la ley, en la regla, en la posibilidad y sobre todo en el permiso, en la
autorización, a no autorizar por ejemplo y más que nada. No se puede afirmar que el
caudillo es una esperanza de los individuos, situado en algún lugar fuera de la
sociedad (¿cuantas veces como excusa surge la pregunta ante las quejas o lamentos
que se exteriorizan sí es que deseamos extraterrestres que nos gobiernen?).
Tampoco de que sean los grandes ordenadores de lo social, que saquen lo mejor de
sí de los ciudadanos. El gobernante caudillesco es el destino que no pude ser
exhibido. Es el destino que se va forjando. Es el azar interpretado como necesidad y
la necesidad interpretada como azar. Por esta razón las tragedias que cada tanto las
ciudades padecen, insurgencias, levantamientos, asonadas, siguen exentas de la
responsabilidad (irresponsabilidad) de los políticos o gobernantes que se escudan en
esta azarosa imposibilidad, dado que en nombre de eso político, se justifican la
muerte, de siempre inocentes.
El caudillo es la nada del ciudadano, que existe únicamente gracias a él y su
capacidad o incapacidad para que exista la nada o la imposibilidad misma del
autogobierno o gobierno verdaderamente democrático.
El ciudadano es la nada y el ser. El caudillo es quién gobierna sin ciudadano, sino
con protegidos, ahijados o prohijados, reduciendo la condición de ciudadano a una
nada absoluta, por ello necesita mostrarse como entidad o como ser superior,
cuantitativa o cualitativamente (ambas en verdad, legitimidad y legalidad). El
ciudadano es el ser que no se acepta en su incapacidad en su maledicencia (en su
rechazo, incomprensible del otro que hace suyo, por necesidad o conveniencia), por
ello siempre necesitará representarse en lo que se pretende como mejor, en lo que
no es, por más que ni siquiera lo quiera ser, o sepa que nunca lo será, de allí que el
caudillo (en potencia) su gobernante (en acto) no tenga necesidad de darle ningún
resultado, solo promesa vana de que podrá ser lo que nunca será.      
Finalmente, sí tal como nos lo enseñan desde todas las perspectivas, la democracia
es el gobierno del pueblo, ¿para qué necesitamos intermediarios o intermediación
para gobernarnos o al menos para pensar cómo hacerlo?
No somos ni hijos de las dictaduras, ni de las democracias, seremos en todo caso los
padres de un nuevo sistema de gobierno, pero habrá que demostrar para ello, que
nuestros padres, o los caudillos que quieren seguir actuando como tales, solo
ocupan un espacio en el orden simbólico y no real de nuestras cotidianeidades
políticas.
La política de los pobres o de la política débil.

A diferencia de la política institucional, de la política partidaria y de la política
académica, la nueva categoría que proponemos refiere a todas las acciones que no
están contempladas en la dinámica del hacer político cotidiano en donde se
desarrolla la misma, que instituyen y constituyen nuestras democracias actuales.
La política institucional, es la figura en el plano de los poderes en que se divide el
estado y que se manifiesta en los actos de gobierno, tanto ceremoniales como
simbólicos, como también reales, verbigracia las sesiones que se llevan a cabo
mediante el legislativo y las resoluciones que a diario se ejecutan en el resto de los
poderes.
La política partidario o ideológica, es la que se lleva a cabo, eminentemente en la
etapa o período electoral, que determina la constitución y la legitimidad formal de
la política institucional y que cada tanto, también puede expresar, matices en cuanto
a la conformación de políticas públicas o de líneas, programas y proyectos a llevar a
cabo en relación a la administración o manejo de un estado mediante su gobierno.
El ejemplo más contundente es el que la división que se arrastra de la asamblea
francesa entre quiénes se hubieron de sentar a la derecha o la izquierda de un
determinado centro.
La política académica es la que brinda el sustento científico-racional-positivista que
deviene en la manifestación de estados de derechos acendrados en lo normativo-
legal, que cada tanto brindan cuestionamientos controlados o perfeccionamientos en
el andamiaje de lo publicado, por intermedio de los más media, que ejercen una
suerte de rol, antitético o de contralor, para que finalmente las síntesis, siempre
sean, modificaciones que se conducen mediante las otras políticas, up supra
descriptas (la partidaria como la institucional) pero que nunca se apartan de la
cuadratura del sistema occidental-democrático tal como lo conocemos desde un
tiempo a esta parte.
La política de los pobres, tal como la definimos, caracterizamos o categorizamos, es
la que deambula bajo definiciones ambiguas, tras la oscuridad de escondites que la
prohíben emerger tal como se manifiesta. La política de los pobres, es ni más ni
menos que el ejercicio político de los que carecen. Sea una manifestación que no
está contemplada por ningún partido legal, y que reclama una situación que no fue
atendida por ninguna de las instituciones que brinda el sistema, actúa por tanto, sin
libreto ni formato, ni menos metodología, dado que tampoco recibe letra ni la lee,
desde la política académica. La política de los pobres, que muchas veces es
nombrada, signada, señalada, como política popular, espontánea, ciudadana, o no
expresada formalmente, tiene como destino el poder acoplarse, encajarse, en el
resto de las categorías políticas establecidas. Sin embargo, al no estar reconocida, ni
planteada como tal, es decir en su existencia real, como parte integrante del sistema
político, colisiona mucha veces, o no termina de acomodarse en el concierto en que
desandamos nuestras experiencias democráticas.
Urge dejar en claro que la política de los pobres, entendiendo la pobreza como el
que carece desde lo político, el que está desguarnecido, desprotegido de los otros
categoriales tradicionales de lo político, no se manifiesta como una suerte de
contraposición, contrapeso o desde una posición adversarial, sino que tiene como
destino el complementarse, el terminar de orbitar dentro del sistema mismo y no
deambular, con extrañeza, complejidad y ajenidad, tal como lo hace en el presente.
La política de los pobres es lo que en la actualidad no termina de comprenderse,
bajo los significantes académicos actuales (demostrando lo poco democrático de
este ámbito en donde se desanda lo político, siempre performativamente, es decir
encontrando justificaciones para una imposición), lo que tampoco se encuadra para

la política institucional (que presente el desafío de cómo reaccionar ante una
manifestación ciudadana, o pueblada, sí reprimiendo desde el momento mismo de
su convocatoria, bajo una lógica del bastón o de mano dura o mediante una
flexibilidad que pueda generar cansancio y hastío para los afectados por estas
movilizaciones y que poseen tantos derechos como los reclamantes) y lo que
desborda a partidos políticos como a expresiones políticas ideológicas (generando
incluso la pregunta, al punto de obviedad de ver que representan entonces estas
agrupaciones o agrupamientos que antaño formalizaban la legitimidad de lo
político).
La política de los pobres, de los que no estamos en relación directa con el poder, y
de los que no es tamos contemplados por las formas políticas en donde, se reparte,
se administra, se divide ese poder, de acuerdo a lógicas y a reglas que también se
discuten entre los que pertenecen a ese mismo circuito del poder, donde vive,
pervive y se sostienen las categorías políticas reconocidas, tiene una presencia, real,
contundente, expresa y sideral.
La política de los pobres, no es solamente, la pobreza que no resuelven las formas
o categorías políticas clásicas, sino también todo lo que podemos hacer, a través de
esta ausencia, todo lo que no está contemplado, realizado, pensado o manifestado.
La política de los pobres, a diferencia de lo que podría pensarse a prima facie no
puede ser entendida bajo la semántica de que sea más fuerte o débil, sino que
tiende, por su posibilidad de nutrirse de lo incierto, de lo que no hay, y por tanto,
desempolvara el pliegue más creativo, más liberador y más auténtico de las
posibilidades de aumentarse las mismas o de correr los límites de lo posible, para el
pobre en su condición de carente de lo material, como asimismo libre de las
ataduras del cordel de la cosificación, del corset de la automatización que proponen,
casi inercialmente las políticas en serie, seriadas o no pensadas, sentidas o
experimentadas desde lo descarnado de lo humano.
La política de los pobres, es el campo fértil, desde donde el humano tiene la
posibilidad de sembrar una mejor versión de sí mismo. La política de los pobres es
el espacio sustentable que a diferencia de las extensiones yermas de los categoriales
acabados, apocados y derruidos, ofrece las mejores perspectivas para que la política
termine expresando el ejercicio, cotidiano, en donde cada uno de nosotros hace lo
mejor de sí, pensando siempre que será lo mejor para los demás, sin que el otro se
nos presente o aparezca bajo el temor de que sea quién esta como para
imposibilitarnos la posibilidad de ser más felices durante nuestra estancia en la
granja colectiva que dimos en llamar planeta tierra.
La nación de los pobres.
¿Quiénes representan a los que viven por debajo de la línea de la pobreza? ¿Acaso
el mismo estado, en su representación e institucionalidad, que los somete a la
indignidad de no generarles la posibilidad de que puedan salir de tal piélago de la
marginalidad sin límites? ¿No constituirán acaso, la marea de pobres, desperdigados
por los diversos rincones del mundo, una nación que en la petulancia de su
naturalidad, no pueda organizarse social, política ni teóricamente?¿No debería
imperar, un categoría política que imponga, o en el mejor de los casos, disponga de
la existencia efectiva y real de esta nación, apátrida pero con la firme necesidad de
que emerja en forma prístina y contundente, bajo una declaración o manifiesto, la
voz de los que necesitan, con premura y urgencia, volver a ser considerados
humanos por quiénes nos decimos sus pares?
La organización de los estados, nunca se ha realizado mediante factores,
específicamente económicos, pese a que a lo largo y a lo ancho de todas y cada una

de las historias que forjen de sí mismas, tendrán inequívoca y principalmente que
ver con lo económico. Ni cuestiones culturales, idiomáticas, étnicas o religiosas
debieras ser más determinantes, para organizar a un conjunto de habitantes de un
espacio dado (cuando el espacio físico, compite o se dispersa en otro tipo de
espacios como el virtual, el imaginario o el simbólico) que la razón económica o
que la realidad de cuantos de sus respectivos integrantes tienen para comer, para
subsistir y cuántos de ellos no. Sí una organización supracional que se precie de
respetar o de hacer respetar los derechos universales del hombre existiera, debiese,
inmediatamente, forjar a la constitución o el andamiaje de las mismas cartas
magnas, que se validen a nivel internacional, para la conformación de estas
naciones, o en su defecto de la única nación que contenga a todos y cada uno de los
pobres desperdigados por los diferentes rincones del mundo.
La nación de los pobres, en su conformación, debe solamente existir en la sinrazón
de que la pobreza sea aceptada, es decir no combatida por los otros no pobres que
habiten en los diversos países del mundo. La constitución de este hermanamiento,
que respondería a una reacción obligada de supervivencia, dibujaría una
escenografía en la política internacional que establezca lo verdaderamente
primordial en la razón de la constitución de las organizaciones por las que se
nuclean los seres humanos.
Nada podría discutirse antes, en términos políticos, que no sea, el tomar los caminos
más adecuados, para que lo antes posible, mayor cantidad de seres humanos,
transiten la senda del abandono de la pobreza.
La nación pobre, mediante una sistematización símil a la democrática, debiera
establecer una suerte de elección, en busca de un representante de fuste que oficie
de presidente o de primer ministro y que más allá de donde, geográficamente y de
acuerdo a las divisiones políticas actualmente reconocidas, estén desperdigados
esos pobres, sean principalmente representados por el líder de esta nación que exista
al sólo efecto de que el pobre deje de ser tal o al menos, se encamine, un trazo,
reconocido a nivel internacional, hacia ello.
Ni el pobre en cuanto a su pobreza, ni el no pobre en la riqueza de su condición de
no tal, debieran no accionar en este sentido, para alumbrar una humanidad que se
corresponda con lo fundamental en su cometido, que no sea indigna para sí misma,
que no se traduzca en la peligrosidad de escindir a otros a los márgenes de lo
soportable.
La constitución de la nación pobre es una obligación moral para todos los no pobres
que debemos instar, a los que hemos empujado, o los que han caído en la pobreza
(para el caso es igual) a que se organicen políticamente, para estar representados en
el concierto internacional, mediante quién los represente en la dimensión más
auténtica, pura y natural, que es la de la pobreza de la que son víctimas, y de la que
deben salir, por un mandato de nuestra propia humanidad.
Sólo de esa nación pobre, de esa estructuración del principal problema a resolver de
lo humano, podrá salir algo que signifique una mejora, un giro de nuestra condición
y por ende una perspectiva, un pliegue que nos conduzca a un estadio en donde
podamos empezar a consensuar, con sentido y razón, mediante otro tipo de
preocupaciones que nos embarguen o que nos preocupen y a través de las cuales
podamos organizarnos desde tal libertad, conquistada, ganada y vivida, desde la
salida de la noción de la pobreza, habiendo constituido para ello, la nación de los
pobres, con todos y cada uno de los reconocimientos políticos e institucionales que
le podamos otorgar, a lo que no es más que una evidente y palmaria realidad, a la

que debemos brindarle el marco formal y de reconocimiento para que deje de ser
tal.
Todas las argucias teóricas e ideológicas no hacen más que contribuir con la
dolencia a la que hacemos referencia. Los partidos, ya no deben, ejercer, o
pretender siquiera, representación o referencia desde consideraciones teoréticas en
el mundo inobjetable, como totalitario, del número, de la cifra, que no es más que
multiplicación y acumulación. Descomunal, serie seriada en que nos abstraemos de
nuestra condición de lo humano, mediante el señalarnos por intermedio de
codificaciones que varían del cero al nueve, acumulándose o apilándose, como
queriendo significar algo más de lo que significan; nada.
Los partidos políticos, deben ser recuperados, de acuerdo a la lógica que nos
impera. No debiéramos seguir pretendiendo salir de un laberinto que no tiene salida.
No habrá más, partido político alguno, que desde la libertad que pueda proponer,
represente otra cosa que no sea la realidad económica de cada uno de sus posibles
representados.
Esta será la relación más honesta, como taxativa que podremos tener entre
representantes y representados en nuestros sistemas democráticos, mediante la
institucionalidad de los partidos políticos. Cada cual, deberá representar solo desde
lo que puede contener y sostener, que es ni más ni menos que una cifra, un número,
como todo en nuestro devenir humano.
Los partidos políticos, deben reconvenirse bajo está lógica, a lo sumo podrán
existir, real o auténticamente, tres. El partido de los pobres o de los que no tienen, el
partido de los que algo tienen y el partido de los que le sobran. Hablamos desde la
economía conceptual que se propone. Es decir en su viaje a la realización, el partido
que pretenda representar a los pobres, podrá verse multiplicado en varias posiciones
y hasta incluso, ser instado por partidarios de ricos, para socavar el interés de los
pobres. Todo esto será plausible como válido, no se busca ni pretende, el imposible
de anular las tensiones de lo político y por ende de sus viscosidades. Lo que se
anhela, es simplemente, y valga la redundancia, simplificar la representación o la
representatividad, respetando o redefiniendo la lógica de los partidos. “Tomando las
tesis de origen corporativo, se denuncia el anacronismo de la representación
partidista y claman por una representación de los intereses oficialmente reconocida
por la Constitución (Aron, p. 176).
Que vote cada quién, ya será cosa, de la libertad política que debiera existir en cada
una de las aldeas democráticas que se precien de tal. Lo que no puede o no debe
continuar es pretender que la ciudadanía elija en elecciones que no significan nada,
pues los partidos se desvirtuaron en su constitución como en su razón de ser.
La única manera de tratar la pobreza es limitarla en su exorbitancia en su inhumana
excentricidad. La pobreza constituye una nación de pobres, más allá de territorios y
fronteras, la pobreza se ha segmentado, se estableció como cupo de una porción de
la totalidad de las experiencias humanas, en donde habita como estado de
excepción, más como estado que como excepción. Por el partido de los pobres,
debiéramos votar, los que pretendamos eliminarla o combatirla, o al menos tener la
democrática posibilidad, de que exista tal cosa, el partido que sólo y única o
primordialmente, represente, la pobreza como para pretender combatirla o
erradicarla, mediante el voto, a través del sufragio, de un sobre o un papel,
ingresando a una urna, tal como un alimento podría o debería ingresar en los
desesperados estómagos de un hambriento sin que esto sea o represente un derecho

o una novedad, sino una obviedad cotidiana, una imagen, democrática, de todos los
días.
 
Referencias. 
ARON, Raymond. (1966): Ensayo sobre las libertades. Alianza Editorial. Madrid.
HEIDEGGER, Martin (2003/1935): Introducción a la metafísica, tr. Angela
AckermannPilári, Gedisa, Barcelona.
 
HEIDEGGER, Martin (2013): La historia de ser, tr. Dina V. Picotti C, El hilo de
ariadna, Buenos Aires. 
 
SEOANE, Javier B..: Martin Heidegger camino de la democracia. Revista Educab.
Número 11, UCAB, Venezuela.

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