Redención

Alejandro Paniagua. Nació en la Ciudad de México, el 28 de julio de 1977. Narrador y poeta. Ha impartido talleres de creación literaria en la Universidad del Claustro de Sor Juana, itesm, la uacm y la Biblioteca Vasconcelos. Colaborador de las revistas Generación y Revista de la Universidad de México, así como del suplemento cultural Confabulario, de El Universal. Becario del fonca en la categoría de cuento, en el periodo 2007-2008. Ganador del Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2009, por «E» sin acento; el Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés 2015 y el Concurso Universitario de Poesía uacm Cuautepec 2016. Su obra aparece en la antología Asesinos, músicos y otros personajes para recorrer México, de Luis Felipe Lomelí, editada por conculta y el Gobierno del Estado de Colima en 2015.
Redención
El techo de mi celda estalló.
Vi la cabeza de Dios en el cielo estrellado.
Me sorprendió descubrir que el Señor tiene astas.
Me pareció lógico que si el diablo tiene cuernos de carnero
(una bestia maligna),
Dios tuviera una cornamenta de ciervo
(un animal piadoso).
Las astas del Señor llegaban hasta el cosmos.
Había pecadores empalados
en cada uno de los cientos de miles de filosas puntas.
Las astas divinas también estaban adornadas
por millares de individuos que habían sido colgados del cuello,
y se mecían de un lado a otro,
como Judas del aire,
como Iscariotes siderales.
Los ojos de Dios tenían decenas de colmillos brutales alrededor,
porque los ojos del Señor también son fauces.
En el fondo de los ojos de Dios
había miles de ancianos, mujeres y niños hechos pedazos,
porque los ojos del Señor también son abismos.
En las pupilas de los ojos de Dios
cabalgaban cientos de hombres con armaduras
que se iban sacando las tripas unos a otros,
porque los ojos del Señor también son guerra.
Cuando Dios decía la palabra lumbre,
su boca se convertía en un incendio.
Cuando Dios decía la palabra loco,
su boca se convertía en un manicomio.
Cuando Dios dijo mi nombre,
su boca se trasformó en el infierno.
Entonces supe que era yo un pecador terrible.
Desde entonces no he parado de rezar
y azotarme las manos con un Cristo de plata.
Las costras de sangre han formado un par de guantes
que me hacen sentir cada vez más cerca de la redención.

