Deseo, cuerpo y sujeto.

Por: Luis Roca Jusmet.

Se habla mucho del deseo, a veces incluso se fetichiza esta palabra. Me parece que hay que dejar claro que el deseo como tal no  implica nada, cuando no precisamos y concretamos el tipo de deseo del que hablamos. A veces un determinado colectivo habla del deseo dándole un sentido que se corresponde a su vocabulario específico y de esta manera difícilmente podemos entenderlo. Si queremos conversar fuera de nuestros círculos hemos de partir de su uso común y a partir de aquí reflexionar sobre sus matices.  La clave respecto al deseo nos la da Spinoza. El deseo es el conatus con una idea de sí mismo. Lo cual tiene dos implicaciones : que el deseo surge del cuerpo, de su potencia y que solo los humanos deseamos. Hoy diríamos que hay deseo porque hay un cuerpo subjetivado. Pero que el deseo esté ligado a una idea no supone que tenga que ser necesariamente consciente.  Me parece que la polémica entre Lacan y Deleuze sobre si el deseo está o no está vinculado a la falta es interesante, pero que no necesariamente hemos de posicionarnos. El deseo se dice de muchas maneras. Deleuze es más spinoziano y para él es es una construcción, un impulso que tiende a un acto y por tanto ligado a una fantasía. Pero Lacan señala una falta estructural en el ser humano que me parece fundamental para entendernos como sujetos deseantes.  Si los seres humanos están en falta y el deseo nunca la satisface del todo, hemos de considerar que todos los encuentros son fallidos. El otro no puede ser nunca el objeto del deseo porque es también un sujeto deseante y nunca cubrirá lo que nos falta, que es estructural. La cuestión entonces es aceptar esta realidad y entender las consecuencias del encuentro, que aunque siempre falla en algún sentido, es una relación que es buena cuando potencia lo mejor y es mala cuando potencian lo peor de los implicados. Pero que siempre será falsa cuando consideramos que el otro nos completa.   Considerar al otro como objeto de nuestro deseo supone además despojarle de su subjetividad, hacer de él un medio para nuestra satisfacción.   En sentido estricto nadie puede proponer una eliminación del deseo. Incluso las formulaciones que parecen hacerlo, como el estoicismo o el budismo, lo que plantean es la eliminación de un tipo de deseos en favor de otro, que es el deseo de seguir un sendero determinado. La única eliminación real del deseo se da cuando hay una derrota total del cuerpo subjetivado y a esta derrota le llamamos depresión.  La vida humana se manifiesta en el deseo y su intensidad es la de la propia vida. Aunque a veces los deseos puedan ser destructivos para este cuerpo subjetivado, es decir para la propia vida. Esta es nuestra paradójica complejidad.   En este mundo acelerado y saturado de estímulos el problema que tenemos es que no hay tiempo para elaborar el deseo y entonces adquiere una naturaleza cada vez más efímera y superficial. Esta hiperestimulación del deseo y el cansancio al que conduce puede ser una las causas de la tendencias contemporáneas a la ansiedad por un lado y a la depresión por otro. Hace ya muchas décadas algunos pensadores lúcidas, como Hebert Marcuse o Pier Paolo Passolini, ya hablaron de las consecuencias devastadoras de la sociedad de consumo, que el mundo virtual ha multiplicado   Nos encontramos entonces con un problema ético y político relacionado con el deseo que tiene muchas aristas. Un planteamiento emancipador no puede consistir en reivindicar el deseo sino en una reflexión crítica sobre él que, por supuesto, cuestionan la lógica de la mercantilización absoluta a la que conduce el sistema capitalista.

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