NECESIDAD DE LA MUERTE: DUELO Y SENTIDO MORAL
Ana de Lacalle (Madrid, 1964) estudia Filosofía en la Universidad de Barcelona, aprendiendo y disfrutando del arte de educar durante 23 años. Ha publicado el opúsculo “El príncipe destronado. El liderazgo del profesor” Ed.Bubok digital (pendiente renovación) Barcelona. 2012; ha participado en la obra colectiva “Huérfanos de Sofía” cap. 2. Ed. Fórcola. Madrid. 2015; La novela “Híbrido”, editorial Adarve, Grupo Caudal,Madrid julio de 2018; el compendio “Relatos y Aforismos”. Ha colaborado en la revista Filosofía Hoy (nº 49 y 56), Resonancia.org, con el artículo “¿Son individuaistas los jóvenes?”. En el colectivo de escritores Letras&Poesía, en la web Escritores.org del que forma parte con el artículo “La adolescendia incabada y el neocapitalismo”; en la revista Polisemia. En la actualidad dedica su tiempo a la lectura y a la escritura. Diariamente escribe en el blog www.filosofiadelreconocimiento.com
ANA DE LACALLE FERNÁNDEZ
Somos unos animales raros, acaso por la conciencia de existir y creernos
libres, integramos contradicciones sin sentir la intensidad de esos
antagonismos. Desvalidos y arrogantes, nos deslizamos por la línea
cimbreante de la existencia erguidos y triunfantes, como si fuésemos
indemnes.
Mas la muerte restituye nuestro lugar a través de aquellos que amamos,
porque nos zarandea súbitamente, como quien aprieta fuertemente los
antebrazos a otro, y nos vocea con el dolor de la pérdida. ¿Quién creéis
que sois?
Cabizbajos y temerosos olisqueamos el abismo abierto, ante la ignorancia,
de qué implica la parca para nosotros. Esas personas que se han disuelto
como polvo, en un tránsito abrupto que es siempre pasar de vivir a morir.
Sean las causas las que sean, ese instante en que quien vive, muere
dispara un pavor abrumador: ya está, no hay que cuidarlo, el cuerpo será
alejado inerte y como una nada, en la que ya no hay nadie.
¿No era esa persona su corporalidad y sus signos vitales? ¿Esa que
hablaba, que abrazaba, que amaba? ¿Esa que reía y lloraba, en la que
confiábamos y la que confiaba?
La materialidad se impone como un zarpazo severo a esa arrogancia de la
que hacemos gala, y nos inclinamos al desvalimiento. Habiendo
experimentado nuestra finitud, esa de la que no elegimos ni el cómo ni el
cuándo, nos rendimos al misterio de la muerte. Y hay noches que en el
silencio ensordecedor que nos envuelve, gritamos sin ser oídos y menos
escuchados, clamando uno a uno el nombre de esas personas que ya no
están físicamente con nosotros, con la ingenua esperanza de recibir una
señal, un gesto, un guiño de alguna de ellas que nos despierte de la
zozobra de lo que nos resulta obvio, pero inadmisible: polvo somos y en
polvo nos convertiremos.
Solo nos resta esa extraña presencia que unas veces nos consuela y otras
nos abruma; un estar de cada ser querido en nuestra mente como
ausencias, huecos irremplazables.
Ante esto, reconociendo ese tiempo limitado con el que contamos, nos
asalta la duda de qué rastro dejaremos tras nuestra marcha. Ahí vuelve
haber un deseo muy humano -frágil-, que simultáneamente nos lleva a no
desear dolor por nuestra falta a los que queremos, y a ser alguien llorado,
cuya vida haya sido digna por el aroma que se ha expandido a nuestro
paso, un efluvio propio que repose como ausencia en la estancia de
algunos, al menos, para que nuestra vida no haya sido en balde,
prescindible, polvo disipado y disuelto.
Es la conciencia de la muerte la que nos impulsa a hacer del existir vida, y
sin esa finitud, tal vez, careceríamos incluso de sensibilidad moral.

