Sueño del asesino

La imagina desde que lo toma la locura, la excitación de la carne a través de las alucinaciones de madrugada pegado a su ventana mirando a las sombras pasar, estas flotan en la atmosfera al interior de su departamento, forman una danza de sangre,  así la alcanza a detallar, esculpe el deseo de poseer, el poder de  terminar la creación del universo, la hunde en los pantanos de su mente torcida, va observando los fantasmas olvidados entre los vestigios de humanidad caídos al vacío de la ciudad, donde los ángeles se convierten en niños de tiner, los niños basura, la rastrea antes de verla por primera vez y al hacerlo defeca en su propia ropa de exitación,  la imagina con mirada tenaz, su cuerpo casi infantil y actitud febril capaz de sangrar su estirpe sin fecundar.

Se desplazará tan ligero y certero como la navaja que trae a un costado,  es un sonámbulo hambriento ante la profundidad del túnel, se balancea como un hacha antes de la caída de sangre en el festín de sus manos sobre una carne anónima.  A su paso deja un olor rancio a sexo y cuerpo encerrado en las fronteras de sus heridas, que se presentan para purificarlas; de él emanan halos de oscuridad  que se impregnan en los ojos de los desprotegidos que carecen de fe y en sueños disueltos las tormentas de sus miserias que alimentan su ego.

La noche lo envuelve protegiéndolo de la insoportable luz a lo largo de su calle, camina rápido sintiendo las pulsaciones del piso, un signo inequívoco del depredador que se convierte en vitalidad, un motor de las sombras que lo dominan, ingresa al túnel del metro sudando, expulsando vacíos de su fantasía para poblarlo carne y viceras prometidas, el regreso al útero que lo expulsó en una casa desvencijada en la periferia de la ciudad.

Su figura pasa lento ante la estampida de transeúntes de los andenes, va oliendo el miedo y desesperación que suda la presa, es su juego de selección ante las figuras cansadas y sus perdidas cotidianas que aplastan sueños, sobre el andén observa el tránsito de diálogos ajenos a su lenguaje interno,  del calor corporal y ambiente viciado a construido una estrategia para su obsesión por sentir la tibieza de un cuerpo futuro y moribundo que se transformará simultáneamente en una piel rígida, sin voluntad y sin sueños perpetuando la muerte, que es él mismo ante su instinto homicida, vibra en la experiencia del exterminio de los sentidos palpitantes de su víctima, de su agitación, de su última exhalación. El tren se acerca como temiendo la consecución de su acto final; con un ritmo pausado semejante al latido de su corazón, este arrulla su espera, sabe que lo que transita sobre los durmientes sin cambiar de rumbo  es su desfigurado ímpetu, la adrenalina que le despierta la proximidad de la muerte. Ve que de sus entrañas, el tren expulsa un sin número de miradas fijas en el deseo de salir a respirar otra podredumbre, a transitar el último tramo a sus casas, resguardarse en sus lechos, en sus habitaciones rígidas y grises. Ante él una ola de piel multicolor vaporizada lo atropella, lo frotan, como su mano robusta va reconociendo la forma precisa del arma, su propio cuerpo es una daga nunca invitada, dolorosa y traicionera, es una extensión infernal de su mente, cómplice de su alter ego; su éxtasis se interrumpe ante un olor que reconoce, de podredumbre añeja  proyectando la imagen que en sueños lo persigue como una sombra que le carcome hasta desaparecer sus deseos, un indigente viejo lo reconoce, su mirada se posa en su rostro y adivina su propósito, se siente desnudo ante el ser instintivo que en silencio rompe su esquema, son similares; los dos asesinaron las apariencias.

Puto animal- declara presuroso, como acallando esa sensación de similitud ante el viejo callejero. Sin embargo nada lo detiene, se abalanza sobre el vagón oteando a la presa, una mujer con todos los rostros del odio y fastidio lo sorprende, usa una faldita  desgastada por el uso constante, en sus manos cuelgan muñequitas de trapo, como los hijos que desea en su vientre… se enciende una luz marginal que  se eleva o reduce como una luciérnaga  perdida en un lecho de concreto, muestra las retorcidas figuras que sus manos también crean después de un asesinato…la señala con la sensualidad de la muerte que carga en las manos anónimas, frías y no esperadas.

Él la domina con su mano en el cuello, nadie dice nada todos miran hacia un exterior del metro, no tardan en llegar a la antesala del festin, la cobija con su desprecio y la arrastra sin contratiempos a la salida más próxima de la estación ciudad azteca, caminan apresurando el final y se internan en una colonia sordida, ella sigue inhalando de sus muñequitas de trapo que la adormecen, que le proporciona un poco de calor ante el frio de la noche y se ven sus sombras internarse en una casa semiconstruida rodeada de vejetación sin cortar, sin ruido y brutalidad la bestia la muerde y hunde en su pequeño cuerpo el frio puñal y su sexo en multiples formas simultaneamente.

Cae la antesala de la madrugada y el viento golpea la casa como queriendo esculpir las voces extrañas que ha arrastrado desde el inicio de la persecución,  disolverse en la nada que se forma al iniciar su sueño que se escurre del techo de su  casa que  modifica la última visión de la realidad, él nunca sabrá si la oscuridad lo invade o si le tiñe la existencia sus propias sombras está frente a las figuras que moldea la lluvia en la ventana similares a las muñequitas de Esther, que como fantasmas navegan en la sangre regada en el lecho, que  va acomodando en toda esa geografía de terror con el líbido monstruoso que lo domina, los ruidos  se agolpan alrededor de él, como fieras extrañas nunca vistas, pero siempre presentes en los letargos, que lo trastornan hasta su sublime perdición. La figura inerte que se amolda a su propio cuerpo desnudo, exhala su último aliento plastificado y descansa la sorpresa en sus ojos semiabiertos después del ataque, él se pregunta si soñará subir por escaleras sin peldaños hasta un cielo sin respiración o tal vez se hunde en una mirada punzante carente ya de figuras. 

A través del cristal se derrama la luna, como una representación teatral de las ideas perdidas, casi salvada en las figuras de las paredes de la habitación como un reflejo de su ego, casi amados cuando lo invade la anormal vigilia que lo fuerza al rechazar el cansancio. Ella alcanza a deletrear y enlaza algunas frases  ante la agonía, -madre llevame, meceme en tus brazos calidos- que interrumpen dulcemente su mirada fija al exterior, la sangre la silencia pero creó un lenguaje con sus pies convulsionados. 

Cuantas veces elimina los lazos humanos de sus presas, por conservar la palabra desgastada, andrajosa y mortuoria, se mueve de posición como queriendo cambiar el tema epidérmico que ha entablado desde hace media hora con la pequeña Esther. Gritos caminan en la calle desierta, eso le incita nuevamente y recuerda que trae la noche por dentro, el olor a sangre y sexo de sus manos le hincha el cuello, le hace recordar el movimiento casi perfecto del cuchillo al penetrar el cuerpo, una forma única e irrepetible de hacer el amor en la carne del extraño más odiado. 

Le excitará imaginar a la nueva presa que lo animará a salir nuevamente de su exilio, a su absurdo dominio, le revelará diáfanamente su necesidad de pertenencia. Deberá jugar a lo normal en su efimera vida cotidiana; así como el viento sobre su casa, él esculpirá la muerte alrededor de ella, el inicio del placer más exquisito que  experimentará su deseo, al violentar otros sentidos, estará tan cercano a ella, que se hundirá como el olor dulzón y pegajoso de la putrefacción. Ahora esta bañado en la sangre de Esther, donde las sombras de las gotas de lluvia bajando por el cristal hacen fantasmas inmóviles en su fría carne. Otra vez la lápida del silencio, del rictus de placer fugaz de su rostro petrificado, le dice que esta vacio de vida, el sueño oculto de la muerte en sus manos.

ROBERTO ROJAS GUZMÁN

El presente cuento es un nuevo intento de visibilizar la violencia cotidiana hacia la mujer, una forma de señalar el absurdo de las agresiones cotidianas que nos cruzan y nos manchan a todos, no pretende realizar ninguna apología, ni mucho menos mediatizar opiniones, más bien un acercamiento a actos deleznables y que no debemos ignorar. Abrir los ojos y el corazón a hermanas que han caído y que con una lucha constante socializar y denunciar al sistema de muerte machista, que les permita salir del anonimato como víctimas, de no ser un número más registrado en un sistema legal corrupto y ciego, sino posibilitar la aplicación real de la justicia para TOD@s, ni una menos todas presentes.

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