Conversación en Popotla con Una bestia azul llena de cielo.

Juan Galván Paulin

Este ensayo está incluido en el libro …Calar en el espejo… publicado por Hayal gücü Editorial, México, 2021

Para Aída, siempre

…camino las calles, estoy donde reconocí el umbral para iniciar esta peregrinación interminable en la que me encuentro desde entonces; soy un adolescente este hombre mayor soñando aquellos días y escucho himnos, resonancia de una poesía que ya es aunque aún no era escrita y que ahora leo; himnos, reverberan como la luz del atardecer en las fachadas de las entrañables casonas de un mitológico barrio de Popotla, con el solo de trompeta de Chet Baker entretejiendo su sonoridad a la salmodia meteórica de Córdova Just profetizando en Mar Mediterráneo, frente a la desembocadura de Mar de Banda, los versos contundentes con los que denuncia en Una bestia azul llena de cielo, no a los timoratos ni a los temerosos, en esa esquina de la callecita de Reina Xóchitl enjuicia no para condenarlos, sino para abjurar de sus mentiras, a todo simulador, todo disfraz con el que cubrimos, vestidos de etiqueta a la manera de los personajes de Otto Dix, o con la uniformidad de ese Yo repetitivo en sus errores, de José Luis Cuevas, el terror que puede provocar internarnos en los meandros de la existencia y, en su lugar, preferimos las ciénagas de una falsa identidad, de toda comodidad que no moleste las mediocridades de blasones obtenidos en y por cualquier forma de obediencia… estas voces que leo no son rezos, aunque sí decantación religiosa de una sacralidad que en esas calles intuía de alguna misteriosa manera otro yo mismo que se ensoñaba con recorrer el destino del poeta; aquellas voces me acompañan mientras los recuerdos tejen una y otra vez los nudos del tiempo de este tapiz del que está hecha mi vida y en el que, siempre vivido como el azar que se manifiesta irrevocable en su confluencia de dos senderos en los que, ni tarde ni temprano, Córdova Just y yo nos encontramos… pasa un tranvía y lo mira el adolescente; eso fue hace años, de eso quedan unos cuantos rieles como sierpes entre el asfalto que hoy me permiten evocar -a este hombre con sombrero-, además de la campanilla con la que anunciaba su presencia de cetáceo urbano, la sonoridad de una poesía en su eterno, en la hybris galopante de su furia por encontrar el sentido, la verdadera dimensión del ser en tanto hombre desolado, pero siempre lúcido en el trance extático de beber la realidad en su acerbo, en su fatalidad y en la dicha eterna del gozo en su instantaneidad; las jacarandas que veía en esas calles, éstas, con su fósforo imposible cada noche, las bugambilias sobre las bardas de basalto me evocaban, me advertían más bien, de esta poesía palpitante que leo en dos tiempos: el del ayer intuyendo su futuro, y el de este presente en su densidad de abismo donde el pasado reviste mi piel de certidumbre: esta poesía de Córdova Just es su propia historia -y la mía, ojalá de todos-, la de su batalla cotidiana con el gesto leal y la palabra, y con su verdad más íntima, la más secreta; y al decirlo así comprendo que se gestaba ahí, en una casona de Popotla -también en una privada-, que él visitaba cuando su sendero y el mío eran paralelos en los años setenta, y nos ignorábamos porque ninguno sabía entonces del otro; pero algo, una suerte de atmósfera inefable, como dije, me hacía intuir una verdad incontestable de la poesía, que es ésta, la de este territorio sísmico que es Una bestia azul… con sus golpes inclementes a lo que, si por un lado, parafraseando a José Revueltas, es la atroz condición humana, en las voces una del poema inabarcable de Córdova Just, es a la caricatura de la vida lo que desuella, esa que dócilmente habitamos, a veces con atisbos de voluntarismo -y sólo eso-, con rebeldías fallidas en sus fermentos en esta ciudad que en pocas generaciones nos ha domesticado… este poema lleno de cielo me alcanza cincuenta años después -ahora, que es también antes-, y lo entiendo comunión de un poeta con la historia de una realidad aciaga, no por desesperanzada sino porque la ocultamos, y la narra página  a página; en ocasiones, y quienes cabalguen esta bestia azul quizá lo sientan, es como un mar que Córdova Just doma para convertirlo en un río verbal para la fecundación de lo que yace aparentemente estéril; a veces estalla en su relámpago de versos, de imágenes, encabalgados hasta el ahogo o la agonía o la resurrección y nos mira desde la fulguración de sus imprecaciones; cómo no llamarlas así, si toda verdad sobre nosotros mismos escuece y envenena y, al final, quizá muy al final para los menos afortunados, acaso nos alivia: Una bestia azul llena de cielo -el ser humano en su acepción más precisa del Anthropos gnóstico y de Ibn’Arabi- era ya en aquellos años, ahora es aquí, en este hombre mayor y con sombrero que mira al muchacho mientras leemos esta poesía de caballos furiosos, nunca desbocados, un reclamo porque la existencia alcance la dimensión, las alturas con las que la vida, toda vida convertida en quiste, se invista con ese posible que es la libertad, sin consignas, sin maquillajes, sin sucedáneos… a lo largo de su destino de poeta, en cada obra Córdova Just nos hace saber que la poesía en nuestras ciudades se hace recorriendo las calles, retando los recovecos, garitos, madrigueras y parnasos que nos tientan, en la buhardillas del corazón, que es la mirada filosa de una conciencia existencial al explorar su acomodo en el tiempo, en este espacio que llamamos mundo, o cuerpo; la daga de una mirada que sirve para abrir las valvas herrumbrosas de nuestras consignas y de nuestros silencios temerosos; así esta voz, la que escuchamos en Una bestia azul…, esta Summa poética de Córdova Just es, del mismo modo que un viacrucis siempre redentor por los laberintos de la palabra, del verso, una sobreabundancia de lo real golpeando como ola en la memoria de una libertad ofendida; entonces, eco latente, la mirada al otro es este espejo nuestro en el cual reconocemos las claudicaciones, el silencio al que nos obligamos traicionando lo que fuimos y lo que quisimos ser con una obediencia siempre de cara a sobrevivir, aunque precariamente y a costa de quien y de lo que sea bajo la condición de “ocultarse detrás de una sábana”, y que “dominen animales tan domésticos como las ratas”… en Una bestia azul…, todos somos Ellos, un yo tratado e investido interlocutor en tanto tangencia y oblicuidad de la tercera persona del plural, no un inasible ni invisible: un fantasma, además, maloliente; en este Ellos descendemos “al asfalto para encontrar la desilusión” ¿cuál? preguntaríamos, y la respuesta, en el mejor de los casos, nos incomodaría… en este poema de Córdova Just la ciudad y la existencia se asfixian mutuamente; y es así porque entre ambas edifican el territorio de eso que llamamos lo citadino, lo urbano; no una enumeración de sus calles y sus barrios -todos- ominosos a su manera, tampoco las noches o los días alcoholizados, delirantes en ellas, sino atmósfera que nos obsede hasta provocarnos la necesidad de la escafandra para poder respirar el aire, antes que de desventuras, de las traiciones a nosotros mismos que nos persiguen, además, con la ferocidad de la culpa de nuestras cobardías: “Por qué tantos panteones en la memoria? (…) Ellos se dan la vuelta y tropiezan con el niño que no fueron (…) para advertir que lo desfiguraron”Una bestia azul llena de cielo es un himno religioso a la entraña de lo humano, no una elegía; una pantalla donde desfila la repulsa que sentimos a una identidad a la que, ya desde aquel tiempo, cada uno de nosotros en la adolescencia o en la incineración ante lo funesto, no queríamos acceder; repulsión que permanece resonando -y no por cotidiana menos dolorosa, no porque nos constituye menos ansiosa-, pues estar conformados por lo que nos supone la derrota en tanto traición irremisiblemente nos convertiría en Ellos, quienes a “sus deseos los esconden como colillas bajo la alfombra”, en una actitud tan vergonzante como perversa… eso, Una bestia azul…, poesía que señala al otro en sus traiciones, aunque al entonar sus himnos, por mediación del reflejo, nos convirtamos en su espejo; entonces poesía donde late el miedo de caer en tentación o la penuria de no haber caído todavía en ella… “se dejan escoger y cumplen con creces los horarios”; la obediencia como condición humana, mentira y simulación es lo que nos significa el Ellos en Córdova Just… sueña el poeta, entonces soñamos nosotros, como lo dijo Víctor Hugo, en esas responsabilidades que el poeta tiene y los demás no comprenden; y aquí ese otros es el Ellos, preciso y a la vez difuso, objetivo en tanto individuo incompleto en su ensoñación de inalcanzables; y a estos la poesía de Córdova Just va invistiéndolos de sonido, de una densidad con la que reconocemos el vacío, pero no el de la totalidad: el de lo inane, la superficialidad de lo superfluo de nuestras imposturas; así, en Una bestia azul…, la cotidianeidad, todo gesto, toda palabra coloquiales torna una profundidad misteriosa en su literalidad embaucadora -he dicho antes del espejo; aquí entonces aparecen dos, uno frente a otro que prolongan al infinito la multiplicación de las imágenes y en la espalda de éstas  siempre está la inefable potencia del devenir de lo humano precisamente en humano y no su caricatura, o su sombra , o ese inútil reflejo repetido en el espejo-; caleidoscópica y visceral al mismo tiempo, la poesía de Córdova Just hace que esos cotidianeidad, gestos, palabras coloquiales devengan también forma de enunciar la condición terrible del sujeto quien, asomado al pozo del que parece surgir su conciencia, se encuentra a sí mismo en este estanque de Narciso, en este espejo cóncavo que es Una bestia azul…, y el rostro que mira en su superficie acaso sea espantoso, como el soñado en las pesadillas, que no queremos nuestro por lo que vemos en él, por lo que revela: revela una exigencia impostergable, la de la entrega, esa aniquilación victoriosa de nosotros mismos para ir y ser definitivamente más allá de toda convicción y sin ataduras; entrega, desasimiento, la locura de perseguirnos hasta, quizá, alcanzarnos; ese rostro tiene el gesto de todos nuestros tiempos, y lo que de él -de Ellos, de nosotros dice Córdova Just es que pertenece ya a esa conciencia transfigurada por caminar las calles de esos barrios donde la angustia es derrotada con la certeza de que la vida, la existencia, es siempre, y por ello más veraz, a pesar de nosotros mismos; y este “a pesar de nosotros mismos” es esa sombra siempre atrás o en el fondo impune de los actos; impune por inocente, por su incondicionalidad apresada en nuestras prevaricaciones; esa sombra es la identidad última alcanzada a fuerza de enfrentamientos con este Ellos que nos sospecha capaces de traicionarnos; enfrentamientos que, utilizando una antigua imagen, nos lleva a combatir con el Ángel, esa oscuridad de nuestro egoísmo crápula desenmascarado por Una bestia azul…, como ese yo siempre acosado de omisiones, de negligencia, sobre todo de abjurar de nuestros pecados… enfrentamiento que nos lleva a combatir con el Ángel y quedar derrengados pero, finalmente, con “la certidumbre de sentir algo con los ojos, y verlo con la piel”; ese plantarnos definitivamente con nuestra totalidad en cuanto humanos en la vida -y a saber qué es esto si no se ha atravesado la tempestad, si no se ha conquistado ese cielo con el abismo que somos, pues es cuando y donde nos encontramos más allá de estos límites simples con los que nos definimos al interior de nuestras vidas temerosas, la de Ellos-… así, entonces la poesía como poiésis, no gesto ni festín o despojo literario, en tanto ámbito del ser y su relato inverosímil acerca de la existencia, deja atrás su consigna libertaria y transmuta liberadora -libertad en sí misma-… aquella neblina de la adolescencia, disipada por el anhelo de alcanzar el sentido de lo que somos, va significándose transmutación del ser, ejercicio místico en el atanor de la alquimia verbal exultante de Córdova Just; lo que queda en nosotros de esta transfiguración, dolorosa como crucifixión interminable a media plaza y aplaudida por el Ellos justiniano, es la certidumbre, la misma que tuvieron ese adolescente este hombre en los meandros fosfóricos del barrio de Popotla con sus bugambilias y jacarandas, en la evocación de dos poetas que se encontraron en ese siempre que es más tarde o más temprano… lo que nos avasalla al terminar de recorrer el cuerpo -nuestra memoria-, la piel interna -nuestras vacilaciones-, las huellas de Una bestia azul llena de cielo, es que esta poesía habla del ser humano y nos dice, por fin, “Soy yo quien aparece cuando abro la puerta, recibo al que no supe cuánto y cómo habría de transformarse. Me permite y solicita entrar, darle la bienvenida.”

Juan Galván Paulin

Flor de Agua, Tepepan CDMX

10-11 junio 2021

Poeta narrador y ensayista. Estudió en la UNAM Sociología, Ingeniería Agrícola y Lengua
y Literatura Hispánicas. En 2017 recibió el reconocimiento Margarita Michelena por su
trayectoria literaria y por formar jóvenes escritores en el Estado de Hidalgo. Es maestro de
Religiones del mundo y Experiencia mística en el Instituto Cultural Helénico. Es
coordinador académico en el Colegio de Escritores de Latinoamérica donde, además,
imparte las cátedras Construcción del imaginario y el sentido de la ficción y Narrativas
hispanoamericanas. Es especialista en la Literatura caballeresca del ciclo artúrico y de las
obras de José Lezama Lima y Amparo Dávila. Es colaborador de revistas y suplementos
culturales nacionales y extranjeros.
Ha publicado, entre otras,
Poesía: Ritual en piedra, 1977; Desnudo peregrino de mi boca; 1991; La arena de sus
huellas; 2002; Mi cuerpo germina temblor entre tus labios, 2016; Pavana para dos
infantes, 2018.
Narrativa: De biznagas y otros nombres, 1995 y 2019; Fotografía del cementerio judío de
Praga, 2003; El Viejo Roth, 2018; Dama León, 2019.
Ensayo: Me mato por una mujer traidora; la pintura de Abraham Ángel, 1988; …Calar en
el espejo… 2021.

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