MÉTODO / Jessica Hernández Romero

Es pequeña, vaga, rebelde e indivisible, brilla con transparencias azules mientras flota libremente por el aire. Parece caer mil veces, pero nunca toca el suelo. Nada más incómodo que una eterna sensación de vacío ante mis ojos, la incertidumbre de no saber dónde, ni cuándo comenzó su aventura y, peor aún, el dilema de si en algún momento su trayectoria conocerá un final. Decido entonces colocar la palma de mi mano por debajo, para que ella pose su ligereza en un escenario firme, dándole un toque de realismo a lo que me parece irreal, manifestando en mí una seguridad ingenua, partiendo de un desatinado pretexto altruista de dar algo que nadie me ha pedido.

Trato de medir el tiempo, pero mi reloj se ha detenido inexplicablemente.

No puedo adivinar si huye de mí, pero mi cuerpo reacciona cuando la hipotética presa deja de caer para comenzar a subir. Se eleva lento, pero muy segura de sí; en realidad nunca tocó mi mano, mas, sospecho que tampoco llegará a topar con el techo.

Mi embelesamiento se esfuma junto con mi paciencia, un impulso me exige la verdad, algo que mis sentidos sean capaces de comprobar; no basta contemplar para poder creer.

Debo atraparla a como dé lugar. 

Tras el arranque de obstinación me he perdido, un tramo de tiempo me ha sido arrebatado, dejando de lado el presente y haciendo insinuaciones sutiles de un futuro posible.  

Por fin, mi mano se había convertido en una prisión de carne y hueso; transpiraba al mismo tiempo que se movía de manera imprevista, no por el cosquilleo, sino por el temor de abrir y encontrar la monstruosidad del vacío una vez más. 

Respiré con alivio al mirarle dentro, hermosa, lúcida y tan viva que, aún sin viento alguno, seguía moviéndose, como el corazón de un poeta.

No podía dejar de mirarla y el reloj comenzaba a detenerse de nueva cuenta. No quiero volver a perderme —¿A dónde voy con todo esto? —  Fue entonces que, algo dentro de mi ser, superando a mis mundanos sentidos, me dio la oportunidad de entender que no era ese su lugar, que sólo hizo una pequeña escala, un tanto forzada por mí ante las circunstancias. Un soplido tenue bastó para que su trayectoria por los aires siguiese. Como debió ser desde siempre. 

Al emprender el viaje, traté de fijar mi vista en otro lugar; resultaba más cómodo y conveniente no mirar por dónde marchase, tratar de convencerme de que tan hermosa presencia jamás tocó mi mano, y que, sin embargo, yo conseguí poseerle, o al menos me había regalado esa ilusión. En realidad, lo que había tocado era mi espíritu. Nada que pudiese cuantificar.

Puede que, en realidad, nuestra despedida no sucediera: mis ojos no la vieron partir. A veces puedo sentirla; flota y se mueve dentro de mí, provocando un ligero cosquilleo en la inmensidad del vacío. Me pregunto si alguien le añora, si dejó algún espacio vacante en otro ser para llenar el mío.

Jessica Hernández Romero. 

Estado de México. 

Socióloga y pedagoga. Coautora de “Sociología: así es nuestra comunidad”, “Cada loco con su tema”(Antología, concurso internacional de cuento breve) y No. 11 de Revista Crisálida “Nahuales”. 

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