Capital
Por: David Romero
Que te suenen las tripas,
como un grito ahogado en la madrugada,
pero que no se te note el hambre,
porque el hambre es un crimen que no se perdona.
Camina con la espalda recta,
la mirada firme,
los pies cansados de ir siempre al mismo sitio,
los bolsillos vacíos pero las manos llenas de aire,
aire que no llena, aire que sofoca.
Te haces el fuerte,
la sonrisa puesta como una máscara vieja,
de esas que compraste en el tianguis,
esas que te pones cuando no queda nada más.
No te delates,
el hambre, dicen, es cosa de débiles,
y aquí, en este circo de apariencias,
nadie quiere verte caer.
Así que finge,
finge que la piel no se te pega a los huesos,
que el estómago no ruge como bestia enjaulada,
que la sed no se cuela en cada palabra que escupes.
Finge que todo está bien,
que te alcanza la calma,
que la vida no te ha mordido las entrañas.
Pero en la noche,
cuando te quitas el disfraz
y la soledad te recibe como un viejo amigo,
las tripas suenan más fuerte
y el hambre,
esa que nadie ve,
te devora por dentro,
mientras tú sigues sonriendo.

Nacido en la Ciudad de México en 1983, David Romero es un poeta y periodista que ha hecho de la palabra un espejo de las contradicciones urbanas y humanas. Su poesía, influenciada por Efraín Huerta, Jaime Sabines y Charles Bukowski, retrata con lirismo descarnado la vida en una metrópoli vibrante y caótica. En sus versos conviven el dolor físico y emocional, transformados en imágenes cargadas de profundidad y humanidad, con una mirada crítica que no evade las sombras del asfalto.

