Los poetas
Por David Romero
Los poetas cayeron del cielo,
manchados de barro,
rotos en la piel por el peso del aire.
Locos, sí, por amar,
por devorar el dolor hasta la médula,
por cargar el mundo en palabras,
como quien lleva un puñado de vidrio
en el pecho.
Hay algo de enfermedad en sus manos,
una fiebre incontrolable que se mezcla
con el humo de lo imposible.
Quieren tocar el absoluto,
la idea perfecta de lo que nunca serán,
perdidos en la borrachera de sentir,
de abrir la piel al viento
y dejar que el vacío entre.
Su obra es un fracaso beatificado,
una derrota brillante y maldita.
Donde la vida no es
más que un charco en el asfalto,
una suerte de truco mal hecho
que alguien olvidó perfeccionar.
Pero ellos, los poetas,
se lanzan sin miedo a la farsa,
cómplices del desastre.
Y aunque caigan,
una y otra vez,
regresan al papel, a la sangre, la sombra,
porque en su locura encuentran
la única certeza:
que este abismo es todo lo que tienen,
y mientras ardan,
mientras se rompan y sientan,
seguirán escribiendo su derrota
como si fuera victoria.

