UN BELLO LUGAR, CON NOMBRE Y APELLIDO 

Por Lauro Cruz Sánchez 

De verdad, me causas una ternura infinita. Te has convertido en el lugar común más fehaciente de una novela. Alimentar a los pájaros en los parques de la ciudad –sólo por gozar su cercanía–, es una escena que pertenece al cine mexicano del tiempo de Joaquín Pardavé y Sara García. De hecho, ya eres una mezcla de ese par de actores estrambóticos. Discúlpame, pero me mueves a risa. ¿Dónde quedó aquel tipo rudo, altanero y prepotente de los años 80? ¿En qué cloaca se ahogó el borracho consuetudinario que terminaba siendo el bufón de las fiestas? ¿Entre las piernas de qué mujer se hundió aquel mujeriego que muchos admiraban? ¿En qué centro nocturno quedó atrapado el espíritu bukowskiano que te impulsaba a recorrer las calles con un trago en la mano, al lado de indeseables criaturas de la noche, como lo eran tus amigos de antaño? ¿Hacia dónde se habrán ido aquellas estruendosas risas que tanto molestaban a tus vecinos cuando a ti te importaba un carajo su opinión?  

Si acaso lo recuerdas, en el capítulo anterior te reprendí y te volvía a reprender, por pendejo, por haberte doblegado una y otra vez ante los deseos de la Innombrable. Yo, tu Puta Conciencia Mustia, no salgo de mi asombro. Me recuerdas a Robert de Niro en la película Érase una vez en América, cuando al final de la misma 

–claramente derrotado por la vida y con paso cansino–, se dirige a visitar a un amigo –el actor James Woods– , quien, convertido en un prominente político, habita en su millonaria mansión, rodeado de gente servil y anodina. De hecho, te has imaginado iniciar tu biografía con base en aquellas escenas de la película rodada en 1984 –la número 1, para ti, en cuestiones cinéfilas. Es claro que tú, para nada, eres tan apuesto y viril 

como él.   

Así te veo en la actualidad, deambulando por el tianguis, el mercado de Sonora o por La Merced, resistiendo las punzadas en tus rodillas, sacando fuerzas de flaqueza, sobreponiéndote a la artrosis. Sólo que esta vez no andas en busca de aventuras –cada vez que recorres este último barrio, maravillado por el jolgorio mercantil y la proliferación de putas sobre las banquetas, tu mente te transporta a tus años mozos cuando, desde tu coche, siempre acompañado de tus amigotes, les gustaba llamarlas, sólo por ver sus rostros de cerca–, no, en esta ocasión ya eres un comprador más, que busca los mejores precios para “estirar el gasto”, al más puro estilo de las amas de casa. ¡Ternuriiitaaa!  

Has de saber que existe un sólo lugar donde los restos de tu vida pasada descansan en paz. Se trata de un río con aguas endulzadas por la cordialidad, un oasis donde reina el afecto y la comprensión. En este río has navegado apaciblemente desde hace veinte años. Aquí, has dejado de ser un muerto que camina. Ya no eres un paria social –como te considerabas durante los años 80– mareado por los coletazos del alcohol. En este paraíso, ya no existe aquella neblina morada que matizaba tu aura. El resplandor que emana de este lugar ha contagiado todo tu ser. Puedo percibir mucha tranquilidad en tu mirada y bastante bondad en tu actuar.   

Por supuesto, este confortable lugar tiene un nombre y un apellido… más bien, posee dos nombres y dos apellidos, el hermoso sitio se llama Laura Elena Barreiro Quiroz.  

Acurrucado en su dulce seno, has podido escribir cuatro novelas e infinidad de relatos. De la mano de su encantadora sonrisa, has aprendido a fabricar hermosos objetos con la técnica de vitromosaico – maestra, ¿me puede calificar esta tarea?, bromeas con ella, al terminar cada artesanía–. Su enorme talento en el diseño te ha conducido por el sendero de los cómics y ya elaboraste dos de ellos en tamaño carta. Obnubilado entre sus piernas –”sus piernotas”, bromean sus amigas–, pudiste ser “El Viejo Perro del Rock”, al realizar un programa de radio durante dos años en UTA Radio. Conducido amablemente por el carisma de su fuero interno, pudiste convertirte en un chef de mediana estatura y preparas alimentos con el ánimo a tope, bailando, cantando, tarareando, imaginando los simpáticos gestos de aprobación al compartir el pan, la sal y las tortillas –hechas a mano, por ti– en la mesa.  

En honor a la verdad, a mí, tu Puta Conciencia Mustia –y a muchos otros que, de acuerdo a tu trayectoria, te imaginábamos en el basurero de la historia, como un indigente más–, nos has dejado ano(-)nadados por tu gran versatilidad –versatilidad que, obvi, se la debes a la solidaridad de tu mujer.   

Es muy grato para mí considerarte un sabio de 69 años y no pendejearte más; digo lo anterior porque tu palabra favorita, ahora, es callar. “El sabio entiende que el silencio no es más que el grito de aquel que tiene la razón”, repites para tus adentros, una y otra vez, un meme aprendido en Facebook.   

Al igual que tú, estoy de acuerdo con David Bowie cuando expresa: Envejecer es un proceso extraordinario mediante el cual uno se convierte en la persona que siempre debió haber sido. Hoy, la comida ha quedado lista. Mientras lavas los trastos, las ideas han fluido y las escenas de tu juventud se hacen presentes. Tienes a tu lado un cuaderno –manchado ya con restos de jitomate y con aroma a cebolla y ajo– donde plasmas las imágenes del 

momento.   

De pronto, las secuelas de la pandemia –que te afectó en marzo pasado– extienden sus garras. El cuerpo te exige el segundo descanso del día. Los ardores en la espalda han surgido de nuevo. Mientras limpias el mugrero que has dejado en la estufa, te consuelas porque sólo falta un trapazo a la licuadora y ya, podrás irte a descansar al lado de tu “osito de peluche”, como ella se autonombra. 

Todo el panorama anterior y los aplausos de mi parte que ahora escuchan tus orejas –además de un cierto reconocimiento a tu actual forma de ser–, no son exclusivos para el Lauro de hoy; llevan una dedicatoria especial para la mujer que, en tu vida, fue la número seis:  Laurita, pues bien sabes que, sin su compañía, hoy serías el paria que muchos se imaginaron…  

                                                                             ***** 

Hoy es un lunes como cualquier otro, en casa. Enrique Serna y su más reciente novela Lealtad al fantasma – conseguida en Gandhi apenas el sábado pasado, a sabiendas que se aproximaba este rutinario día– serán mis compañeros a lo largo de varias horas, tiempo en que la casa se inundará de exquisitos aromas y sabrosos compases de rock ochentero, reggae y edificantes baladas de cantantes españoles como Víctor Manuel, Joan Manuel Serrat y Paco Ibáñez. Los hermosos objetos e innumerables plantas que forman parte de nuestro panorama hogareño –¡qué casa tan bonita!, han exclamado quienes nos visitan por primera vez– parecen solazarse y sentirse a gusto durante todo el día. 

Como todos los lunes, sin poder ocultar su sarcasmo, la orden ha sido tajante: Ni se te ocurra acercarte a la cocina ni merodear por la sala ¡a leer todo el día, carajo! Tu lugar de acción es la recámara y sólo la recámara; aquí, puedes hacer lo que se te pegue tu chingada gana ¿estamos? ¡Estamos!, contesto, con el rostro radiante, fingiendo sumisión. 

Como tantos otros lunes, escucho su voz del otro lado de la puerta parodiando la canción “Para la libertad” de Serrat: “Para Su Majestad, traigo yo un cafecito, para Su Majestad”… y así recibo mi café en la cama, aun con la modorra triturando los huesos de mi espíritu. 

Y ahí me deja, sin más… disfrutando mi bebida humeante, con el calor de la taza recorriendo mis manos, intentando ubicarme en el mundo de los despiertos. Es preciso decirlo: momentos antes, el aroma a café y pan horneado, aderezado con mantequilla, provenientes de la cocina, me despertó. Recorro la recámara con la vista y me ubico en esta realidad, la realidad de los lunes, una situación por demás gratificante. Debido a esta rutina – adoptada en común meses después de mi jubilación–, podemos contar con alimentos a lo largo de la semana. Un detalle adicional para nuestra estabilidad y armonía conyugal. Nuestras amistades no pueden ocultar su envidia. 

En algunas ocasiones, los intensos olores a cebolla y ajo fritos que se cuelan por algún resquicio de la puerta 

–a pesar de que ésta permanece cerrada, de acuerdo a la orden recibida– me impiden continuar con la lectura. Tengo los sentidos muy exacerbados –soy capaz de percibir aromas expulsados del refrigerador, que se encuentra a cinco metros de distancia y puedo escuchar ruidos de los departamentos contiguos–. Abro la ventana por completo, para expulsar los demonios culinarios. 

La música emergida de su celular es bastante agradable. Incluso en ese aspecto hay afinidad. Resulta muy grato escuchar cómo tritura el inglés de Bowie: Oh, shiwosh, oooolrait, leidistardus sangerieder Oh, shiwosh, oooolrait, uuuhh, lalalááá, guen dei asmi, ainou jisneim… y canta… y tararea… y golpea la estufa con lo que tenga en la mano, convirtiéndola en su batería rockera…  

Me da mucha risa cuando salgo al baño y descubro cómo mueve su culito y pega saltos, bailando a ritmo de Bob Marley. Contemplo la escena, con fascinación. Su ritmo me contagia. Muevo el cuerpo sin que me descubra. Regreso bailando a mi recámara. Más tarde, el ruido de los trastos en el fregadero, el motor de la licuadora y la bomba que distribuye el agua en el edificio se unen al jolgorio. Nuestro depa se convierte en un auditorio poblado de diferentes sonidos. Me sumerjo en la lectura. me atrapa. Todo mi ser se envanece. De pronto, la puerta se abre… una mano muy amiga me ofrece rebanadas de mango con chile piquín, limón y sal. Es demasiado. Me incorporo, agradeciendo tanta amabilidad. Mi paladar se regocija. Una lágrima tirita en mis pupilas, un escalofrío recorre mi espalda…Todos los huesos de mi espíritu se obnubilan. Horas después, me tomo la libertad de una sabrosa siesta. 

Es otro lunes en el cual no salgo de mi asombro, otro lunes que se suma a nuestra armonía; un día más, plagado de gratos momentos, un inicio de semana donde la solidaridad se hace presente y nos une más… 

Mis sesenta y cuatro años se sienten reconfortados, uno a uno. Es muy placentero sentir las caricias y mimos de un macho lavatrastos. 

Lauro se auto denomina Su bajeza, el Sometidísimo y es mi chef de cabecera; para él yo soy Su Alteza 

Consentidísima… Y tú ¿quién eres? 

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