Coyote / Claudio Marroquin

Mamá dijo que nos iríamos de viaje, a buscar a papá. Salimos de la casa cuando el cielo era de color anaranjado. Me gusta mucho ese color. Me acuerdo cuando juego con mis amigos en el monte. Mi mamá siempre me dice que cuando el cielo se pone naranja debo regresar a casa. Yo regreso corriendo, porque mamá siempre me recibe con una taza de atole y me da un pedazo de bolillo para remojarlo. 

Pero desde que mi papá se fue, mamá ya no me quiere. Ya no me da atole ni pan. No juega conmigo, ni me enseña nada. 

Cuando salimos de la casa yo me puse muy contento. Siempre quise ver qué había detrás de los montes. José me platicó que él ya fue, que su papá lo llevó. Dijo que había más cerros y mucha tierra. Que cuando llegaron a un río grande, su papá lo cargó para pasar al otro lado. Dijo que había pura gente mala, que grita y pega, además no se les entiende nada; tienen los ojos verdes y azules, como mis canicas. Yo no le creo nada. José dice puras mentiras. Nadie puede tener ojos de canica. Yo creo que hay un lago grande y muchos árboles, donde viven muchos animales y puedes jugar con ellos. Creo que papá está ahí, esperando a que lleguemos para jugar.

Cuando salimos de la casa mamá tosía mucho. Caminamos por la carretera hasta el otro pueblo. Ahí nos sentamos en una banquita a descansar. Luego nos metimos en una tienda, pero mamá no me compró nada. Le preguntó al señor dónde podía comprar un coyote. ¿Para qué querría un coyote mi mamá? Me acordé del que vi en el libro de José. Era gris y tenía la nariz negra. Y sus orejas eran grandes, como las de un gato. A lo mejor mi mamá me lo quiere regalar. Voy a correr atrás de él, y luego él atrás de mí. También voy a subirme en su lomo y también mi mami, así ya no tendremos que caminar. El coyote nos llevará a todos lados. 

Nos sentamos otra vez en la banquita. Ya se estaba haciendo de noche. Luego llegó un señor y empezó a hablar con mi mamá. Ella sacó algo de su morral y se lo dio al señor. Luego nos fuimos atrás de él. Llegamos a donde estaba un camión. Había mucha gente. Nos subimos al camión pero ya no había lugar. Mi mamá y yo nos sentamos en el suelo. El camión hacía mucho ruido. Después me quedé dormido. Cuando me desperté seguíamos en el camión. Hacía mucho calor. Mi mamá me dio agua y un pedacito de pan. Ella no comió nada. Seguía tosiendo muy feo. Había otros niños que iban llorando. ¿Por qué llorarían si ellos sí alcanzaron lugar y yo no? Pero yo no lloré. Me puse a ver por la ventana. Después me aburrí porque todo era igual, montañas y tierra, casi no había árboles ni animales. A lo mejor José decía la verdad. 

Yo ya quiero jugar con el coyote, qué bueno que mi mami me lo compró. Cuando regresemos a la casa se los voy a enseñar a todos. A José le va a gustar mucho. 

Me acosté en el piso y me quedé otra vez dormido. 

    Cuando me desperté ya no estábamos en el camión. Era de noche y mi mamá me llevaba cargando. Luego me puso en el suelo y vi que estábamos junto a un río. Era muy grande. Yo le dije a mi mamá que no quería estar ahí, que me quería ir a la casa. Mi mamá no me dijo nada, me cargó en sus hombros y se metió al río. El agua estaba muy fría. Yo iba a llorar, pero mi mamá me dijo que me tenía que aguantar. Cuando llegamos al otro lado, mamá estaba toda mojada y tosía mucho. Pero no nos sentamos a descansar. Seguimos caminando con las otras personas. Íbamos todos juntos. Caminamos mucho. Luego nos sentamos a descansar y me volví a dormir. Mi mamá me despertó de un jalón y nos echamos a correr. Oí el ruido de un helicóptero, pero no lo pude ver porque íbamos corriendo muy rápido. Yo quería ver el helicóptero, pero mi mami me tapó la cabeza y no me dejó ver. 

Después, ya no se escuchó nada y seguimos caminando. Salió el sol y hacía mucho calor. Las otras personas ya no estaban. Nada más mi mamá y yo solitos. Mamá ya no podía caminar bien y seguía tosiendo mucho. Yo tenía mucha hambre y sed, pero mi mami ya no me dio agua ni pan. Yo creo que se acordó que ya no me quería, por eso ya no me dio nada. Mi mamá ya no pudo caminar y nos sentamos en unas piedras. Ella se acostó y se durmió. 

Lleva mucho tiempo dormida y no la puedo despertar. Las piedras están muy calientes y yo tengo sed y hambre, y estoy todo lleno de tierra. Tengo miedo y mi mami no despierta. El cielo se volvió a poner naranja. 

¡Es verdad! Mamá me compró un coyote. Ahí viene bajando del cerro. Por fin veremos a papá.

Atla

El día ha sido largo. El transporte viene a reventar.  Llega el tren, esperas a que se abra un hueco, pero una vez más no puedes subir. Mientras esperas el siguiente, una mano te aprieta el brazo. Volteas y descubres a un hombre flaco, alto y barbón. Viste traje gris a rayas, sombrero marrón y botines negros. Se ve desaliñado, ojeroso y demacrado. Retiras el brazo y te das la vuelta. El hombre te vuelve a sujetar. Te zafas y lo empujas, estás a punto de darle un golpe cuando él dice:

—Tranquilo, soy Atla, de la secu, ¿me recuerdas?

Lo observas con detenimiento, entornando los ojos. No logras recordarlo. Llega el tren, tratan de hacerse a un lado, pero la gente los obliga a subirse. Adentro, apretados, Atla comienza a hablar de los compañeros de antaño y pregunta si has visto a alguno recientemente. No respondes, sólo niegas con la cabeza. Él sigue hablando. Todo lo que dice te resulta extraño. Cuenta que estudió artes plásticas, que le gusta pintar, esculpir, tallar. Dice que tiene un estudio en su casa, que le gustaría invitarte algún día, para que lo conozcas. 

—Es más, vamos ahorita —dice mirándote a los ojos—. Vivo aquí cerca, a unas cuadras de la siguiente estación, ¿cómo ves?

Tienes ganas de responder que no, que estás cansado, fastidiado, que sólo quieres llegar a casa y recostarte. Pero no lo haces y aceptas la invitación. 

Llegan a la estación, salen y caminan un par de calles. Se detienen frente a una puerta de metal desgastada. Atla la empuja levemente y te da el paso. Entras a un pasillo angosto, caminas tímidamente, impulsado por la presencia de tu acompañante. Sientes un escalofrío. El pasillo se abre en un pequeño patio, una especie de vecindad antigua. 

—El baño está afuera —dice Atla— pero no hay luz. Si quieres entrar me avisas para darte unas velas. 

Se dirigen a la puerta del fondo. Tu anfitrión saca la llave y abre. Él entra primero. Dice que te quites los zapatos. Mientras lo haces observas la habitación. Es pequeña, una sola pieza. Te sorprende ver a un costado de la entrada un altar con veladoras encendidas, alumbrando imágenes de Jesucristo. En una esquina observas una parrilla vieja, trastes de plástico sucios y algunas verduras secas o podridas. Sientes un leve mareo, estás a punto de dar la vuelta y salir, pero no lo haces. Cerca está la cama y junto a ella una mesa de madera; encima hay un tocadiscos viejo.

Te sientas en la cama mientras observas las paredes cubiertas de pinturas. Es óleo en cartulinas. Algunas están colgadas en tendederos que van de un extremo a otro de la habitación. Los colores son brillantes, atractivos. Te llenan el ojo. Comienza a sonar un blues de fondo, pesado, psicodélico. Atla te ofrece un cigarrillo. Lo fumas mientras te explica que su estilo es abstracto, complejo. Comienza a platicarte sobre sus temas, su técnica, sus planes para ser un gran artista. Te dejas llevar por la música y los colores brillantes de las pinturas. Tu compañero no para de hablar mientras se mueve de un lado a otro.  Miras su cuerpo largo, cadavérico. Comienzas a sentirte incómodo, asustado. Atla mueve sus brazos haciendo extrañas figuras, como si dibujara bolas de fuego en el aire. Se pone en cuclillas, salta y se encorva parado en un solo pie. La situación comienza a enrarecerse. La música sigue sonando y las imágenes están por todos lados. Pero no puedes reaccionar. Algo impide que te levantes. Atla no deja de moverse. Arroja el humo de su cigarrillo en tu cara. Comienzan a combinarse los olores de incienso y yerba. La cabeza te punza, tus ojos lloran y una pesadez te envuelve. La música termina, Atla voltea para cambiar el disco. Reaccionas. Te levantas de un salto, agarras tus zapatos e intentas salir, pero la puerta está cerrada con llave. Atla está de pie, observándote. Camina lentamente hacia ti. La música suena de nuevo. Estás acorralado, asustado. Agarras una veladora del altar y estrellas el vaso en la cabeza de Atla. La veladora no se apaga y la cera encendida alcanza a una de las pinturas. El fuego crece rápidamente y pronto las llamas envuelven la habitación. Atla permanece tendido en el suelo, sangrando y respirando con dificultad. No encuentras nada para apagar el fuego. Pateas la puerta. Gritas, pero nadie responde. El humo comienza a asfixiarte. Un zumbido atraviesa tu cerebro y te desvaneces.

Cuando reaccionas estás tendido en el patio, con mucha gente a tu alrededor. Junto a ti hay otro cuerpo. Está cubierto con una sábana blanca. Te incorporas bruscamente. Sientes náuseas y un dolor en la frente. Alguien acerca un balde con agua, te inclinas y, antes de vomitar, observas tu reflejo. No eres tú. Es el rostro de Atla.

Claudio Marroquín Amado (Ciudad de México, 1982). Estudió Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (UNAM). Actualmente estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM). Participó en el primer encuentro de escritores de narrativa La literatura está en todas partes, llevado a cabo en el Museo del Fuego Nuevo en la Ciudad de México. Ha publicado reseña, crónica y el libro de cuentos Insectos (Ediciones El Café de Todos, 2023). Participó en diversos talleres de escritura creativa, organizados por el Colectivo Cultural El Café de Todos. Colaboró en el libro colectivo Allá en mi tierra. Fue organizador de Fe de Ratas, Café Literario desde el año 2016, llevado a cabo de forma presencial en el tradicional Café La Habana. Actualmente, Fe de Ratas funciona como una página electrónica de difusión cultural y contenido literario.

Comentario
  • Gabriel Morales
    Responder

    Estos cuentos de Claudio Marroquín asombran y desconciertan, arma un contexto completo con breves trazos conforme avanza el relato y concluyen sorpresivamente, dejándote en el asombro y a la intemperie.

Dejar un comentario

Start typing and press Enter to search

Sobre nosotros

Somos un espacio de reflexión crítica, dialógica, y deconstructiva que busca pensar en apertura, otredad  y diferencia de temas vigentes mediante saberes interdisciplinarios para su difusión por medio de escritos, ensayos, conversatorios, videos, conferencias, seminarios.

Buscamos abrir reflexiones entorno a diversos temas de la actualidad a partir de conversaciones dialécticas con los otros, lo cual  permita resignificar los sentidos más allá de las formalidades.

Recent Posts