Sobre FANTASMAS
Por Astrid Velasco
Fantasmas de Mónica Jiménez
La obra está compuesta por más de cincuenta poemas cuyos títulos en general son muy cortos. Esto, que normalmente pasaríamos por alto, nos importa porque encontramos en la poesía de Mónica esa concisión y brevedad para decir que nos hacen pensar en cómo el confinamiento del lenguaje a mínimas expresiones, y muchas veces dislocado, acompaña como un metrónomo el discurso ahí contenido. La poesía de Mónica Jiménez no se detiene en minucias, se va al fondo de temas existenciales y preocupaciones que no podemos distanciar de su formación como psicoanalista: aborda el amor, el miedo, la ausencia, el ser, el lenguaje desde el propio lenguaje, el sueño, el insomnio, el deseo, entre otras cuestiones que si bien son esenciales de todos nosotros, muchos no reparamos en ellas desde la reflexión filosófica, la introspección y menos desde la poesía. Y aun menos, emparejando la forma (esa desarticulación lingüística intencional) con el fondo (ese grito que se emite desde lo visceral y se tamiza en ocasiones en el raciocinio).
Los poemas muy conceptuales, aun cuando aborden temas de la emoción y el sentimiento, tienen un asidero consolidado en la razón, si bien el tono confesional en el propio estilo de la autora (no en aquel que distinguía la obra de los poetas llamados confesionales), nos tocan y nos hacen sentir aquello de lo que la autora habla no sólo en el pensamiento de nuestras experiencias propias, sino en la piel y en ese sitio subjetivo donde alojamos el dolor antes de darle cuerpo.
Cuando leemos poesía a veces queremos comprenderla a través de la idea que tenemos de ella, es decir ¿qué pensamos que es la poesía?; aunque otras veces el significado se enuncia cuando la pensamos en la acción: ¿por qué escribimos poesía? Claudia Masín en Curar y ser curados dice que “Escribir poesía muchas veces es considerado un ejercicio de autorreferencialidad. Pero no es en el terreno del Yo el que está en juego en los poemas […] es el terreno de la mixtura, del encuentro”. Al leer a Mónica Jiménez me pregunto si lo que leo y con lo que me identifico es nuestra manera de vivir y pensar una serie de situaciones juntas, como mujeres y como personas que han hecho de las heridas una base para la creación.
Y si aquí traigo a cuento a Claudia Masín es porque es una poeta que tiene también formación de psicoanalista y porque aborda algo que está presente en el poemario de Mónica la cura (lo-cura, le llama Mónica, englobando en una palabra sus opuestos). Masín dice: “Se necesita un trabajo con la propia sensibilidad, un trabajo de sensibilización permanente, que nunca se realiza del todo, que siempre recomienza: […] porque la inercia de lo anestesiado, de lo inconmovible nos fue transmitida desde el origen y allí tendemos a volver cada vez que algo hace temblar los cimientos. […] Escribir un poema […] no es una experiencia de dolor sino un acto de desobediencia frente al dolor. […] Hay que hablar para medir la extensión del daño, hay que hablar para empezar a repararlo. Y hablar es —a diferencia de lo que a veces se piensa— una experiencia liberadora, opuesta al miedo y a sus mecanismos de silenciamiento. […] La poesía, como dice Juan L. Ortiz, rompe la función comunicacional del lenguaje, y para hacer eso tiene —necesariamente— que anclar en zonas pantanosas: el sueño, el inconsciente, la infancia, lo que desconocemos de nosotros mismos, lo que deseamos sin saber que lo deseamos”. Esta cita me parece muy atinada para hablar de la poesía de Mónica, en la que se manifiesta un estilo de juego y dislocación del lenguaje, a la vez que de contundencia que vemos en las palabras que divide en partículas léxicas diferentes mediante el guion: lo-cura, con-tacto, des-cubrimiento, con-sentidos, de-mentes, con-formarse, entre otros, juegos que implican dotar de sentidos, incluso adversos, a las palabras y por lo tanto al poema.
A veces, los poemas son crípticos e intuimos reflexiones y sentimientos que giran en el interior de la voz poética sin quererlos enunciar en el afuera, como si dividir el espacio en interior-exterior, le diera casas diferentes a los fantasmas. Otras veces, lo que leemos se nos deshace en la boca para que saboreemos cada uno de sus huesos y aprehendamos la reflexión como quien tira el anzuelo al agua y saca una botella con mensajes personales pero que nos llevan a identificarnos.
Como ya dije, los fantasmas del libro son las ausencias externas pero también las presencias que habitan lo interno: el miedo, la fantasía, el dolor, el deseo, por ejemplo.
“Poesía de cuchillos filosos/ como bisturí en las entrañas /se embriaga de su vientre sangriento”, escribe la autora, y completa la selección de fantasmas con ese erotismo que se embriaga en la herida.
A partir de este poema, la obra dialoga más directamente con nosotros, siguen las preocupaciones filosóficas, amorosas y respecto a la psique, pero sobre todo hallamos también algunos que se refieren a cosas concretas, más que del mundo emocional o intelectual, aunque se asoma aquí su concepción de la poesía (p. 69), y un poema que es el del título del libro con el que cierra.
Astrid Velasco
Editora y escritora

