LA “LIGEREZA” EN LA PALABRA.

Ana de Lacalle (Madrid, 1964) estudia Filosofía en la Universidad de Barcelona, aprendiendo y disfrutando del arte de educar durante 23 años. Ha publicado el opúsculo “El príncipe destronado. El liderazgo del profesor” Ed.Bubok digital (pendiente renovación) Barcelona. 2012; ha participado en la obra colectiva “Huérfanos de Sofía” cap. 2. Ed. Fórcola. Madrid. 2015; La novela “Híbrido”, editorial Adarve, Grupo Caudal,Madrid julio de 2018; el compendio “Relatos y Aforismos”. Ha colaborado en la revista Filosofía Hoy (nº 49 y 56), Resonancia.org, con el artículo “¿Son individuaistas los jóvenes?”. En el colectivo de escritores Letras&Poesía, en la web Escritores.org del que forma parte con el artículo “La adolescendia incabada y el neocapitalismo”; en la revista Polisemia. En la actualidad dedica su tiempo a la lectura y a la escritura. Diariamente escribe en el blog www.filosofiadelreconocimiento.com
LA “LIGEREZA” EN LA PALABRA.
Por Ana de Lacalle
Actualmente, podemos constatar una cierta ligereza en el uso de las
palabras. Si consideramos que, éstas representan nuestras ideas sobre las
cosas o sobre el dinamismo mismo del mundo, no son etiquetas
intercambiables ni baladís. Es decir, cuando usamos un término en lugar
de otro con esa frivolidad, estamos mostrando que la pesadez del
significado de las palabras ha perdido fuerza, porque nos hallamos en un
mundo ligero que no confiere al lenguaje la importancia que tiene en
nuestra cosmovisión; lo asemejamos a cuanto nos rodea y lo aligeramos
de trascendencia en cuanto la volatilidad y fugacidad lo hace casi todo
intercambiable.
Este fenómeno tiene una consecuencia inmediata y mediata que consiste
en vaciar del significado originario a los acontecimientos y situarlos casi
todos al mismo nivel. Despojándolos, a su vez, de cualquier reprobación o
crítica ética que exigiría el atentado contra la vida humana. Y entiendo que
es éste un referente suficientemente universal para que pueda llegarse a
consensuar que hay sucesos producidos por las decisiones y acciones
humanas que deben ser condenados ética y jurídicamente.
Un ejemplo de lo expuesto que me resulta preocupante es la frivolidad o
ligereza con la que se usa el término “nazi”. Este se ha usado últimamente
para referirse a determinados feminismos, a determinadas posiciones
políticas radicales y, creo que de forma genérica a todo aquello que de
forma contundente se opone a lo que las modélicas democracias
occidentales consideran como excesivamente opuesto a determinados
principios, que paradójicamente de forma subrepticia son también
vulnerados en esas mismas democracias.
Sería recomendable recuperar una cierta memoria de lo que
históricamente fue el nazismo alemán para calibrar si estamos midiendo lo
que decimos, o es una forma de desprecio y desprestigio del contrario. Si
así fuese, nuestra superficialidad e ignorancia sería supina, y deberíamos
adentrarnos en lo que aconteció en la Alemania nazi para atribuir ese
calificativo de forma ciertamente excluyente: pervive la ideología nazi,
pero no todo lo es, y en consecuencia o distinguimos con claridad unas
posiciones de otras o esta confusión de las palabras nos conduce
inexorablemente a una difuminación grave de lo que sucede en el mundo.
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Según Lipovetsky “El peligro no es la ligereza frívola, sino su hipertrofia,
cuando invade la vida y asfixia las demás dimensiones esenciales: la
reflexión, la creación, la responsabilidad ética o política. La ligereza frívola
no es dramática por sí misma, pero llega a serlo cuando se impone como
estilo de vida dominante” [1]. Por consiguiente, velemos por no usar el
lenguaje con ligereza, ya que, en el fondo, su distorsión no es tan frívola,
sino antes bien una hipertrofia del significado de lo que constituye una
vida humana digna.
[1] Lipovetsky, G. De la ligereza. (2016) Anagrama. Barcelona. pg., 335.

