Cuerpo y carne en la escritura poética (breve ensayo)
Por Baruch Martínez Treviño
I
El cuerpo se constituye a partir de la imagen, hay, como sabemos, un precipitado pulsional a partir de la imagen del semejante. Esto hace que la imagen sea una condición necesaria para darle consistencia al cuerpo, como recordarán al leer El estadio del espejo… “presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que se suceden desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma que llamaremos ortopédica de su totalidad”. Pero también, en tanto imagen, es deudora de la Idea. Entonces, si el cuerpo es un efecto de la idea que anuda con la imagen, la carne es donde el verbo enmudece y aguarda como eco. El término carne tiene más bien una aproximación religiosa, en psicoanálisis son escasas las veces que se usa el término carne, lo que sí aparece es más bien encarnación o encarnar.
La noción de cuerpo tiende a una forma consistente, jalonada como súbdito de modelos a los que se pretendería llegar, la segunda, la carne, es una uña arrancada. Al cuerpo le acecha la angustia, esa de la cual Lacan constata que es
«justamente algo que se sitúa en otra parte en nuestro cuerpo, es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos asalta por reducirnos a nuestro cuerpo, es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos embarga de que nos reducimos a nuestro cuerpo».
Esta reducción será sin idea ¿qué es un cuerpo en esta desnudez sino su paso a la carne? Porque cuando en la angustia se intenta señalar esa “otra parte” no podemos sino reducirnos parciales, buscarnos en un pedazo, en un movimiento, en un acto y no en un todo, no en el reconocimiento de nuestra imagen en el espejo, sino en el desconocimiento de eso que al ver nuestro reflejo, nos acecha. Es esa carne mordida de voces, absoluta bajo la mirada que no aparece. ¿Descifrarla? ¿Resonar?
Marguerite Duras coloca esta disyunción, similar a la del cuerpo y carne, cuando habla de su noción de escritura masculina y escritura de mujer. De sus “detalles fragmentados” al hablar de sus personajes (¿qué son que no llegan a ser cuerpos?) ella llama en la literatura al “haz de pulsiones desconectadas”, diría yo: sin un objeto que la tome como Ideal; de su “estudio de la fisura, de los vacíos imposibles de llenar”. Porque Duras dirá que “las mujeres son las verdaderas depositarias de una abertura total hacia el exterior, la vida, la fuerza desbordante de la pasión”, y del hombre “más fosilizado en un pasado del que no sabe cómo salir”, que ya había dicho que “por escritura masculina, entiendo la que está demasiado sobrecargada por la idea”.
Ese cuerpo que se sostiene y, de pensamiento en extensión, es su propia línea de argumento el perímetro de su imagen. Ese cuerpo es imagen doblegada y erotizada al Ideal. Pero ese cuerpo, no olvidemos, es angustia en su reducción. “Lol [del personaje de su novela El arrebato de Lol. V. Stein] llevará una existencia que no la envolverá sino como algo extraño a ella, que no está ligado más que a su cuerpo o al instinto animal”. Y es que esa envoltura extraña no es lo mismo al cuerpo, sino que está ligado al cuerpo, para sostener, para hacer forma; ¿una especie de placenta? Es esa reducción al cuerpo un punto, pero un punto, como objeto matemático, es literalmente invisible y que como tal no es sin efectos. Efectos de lo invisible en el cuerpo que, en tanto efecto ¿qué es eso que perfora mi cuerpo y no se sabe y no se ve, pero sigue?
Un primer lugar de inicio, cuerpo: precipitado, anticipación ortopédica, imagen e idea sus cercanos; carne: ese punto invisible, esa envoltura que será voz, fragmentos pulsionales o pulsión que fragmenta al cuerpo. ¿Será que la relación de la voz en el cuerpo desprende un fragmento como carne, como encarnación, pero que esta encarnación, más que la apuesta de la imagen como Idea y como semejante, se hable de otra divinidad? ¿Es distinta la divinidad de la Idea que la divinidad de la carne? Sin embargo, la relación con la divinidad no podrá ser explorada en este ensayo.
II.
Aquí la carne se muestra en su eco, pulsión le dicen. Creer en el efecto que vuelve cuerpo en carne es creer en un verbo y en una nominación sin predicado. Stephane Moses nos dice de Nefesh esta acción de insuflar, divina, en esta materia que es el cuerpo, y es que es hasta que se encarna el verbo en el cuerpo que el ser humano existe como tal, porque antes, como simple cuerpo y simple imagen del otro, no es más que un animal.
«al difundirse por el cuerpo, el espíritu se convierte en nefesh jaiá, es decir, en ser vivo. A su vez, tras ser vivificada por el soplo, la materia se transforma en sustancia animada. Se trata, pues, de una forma de encarnación del espíritu, de un ‘hacerse carne’, de un proceso de formación que revela la unicidad del ser humano».
Así, queda habitado el cuerpo por un soplo, para volverse
«carne, unidad indisociable de cuerpo y espíritu. La palabra, es decir, el conocimiento, procede de esta unidad y a partir de ella debemos comprender, por ejemplo, el versículo de los Salmos (84:3): ‘Mi corazón y mi carne gritan de alegría hacia el Dios vivo’.»
Dejemos marcado este punto, sólo por una remisión que más adelante llegaremos.
Por ejemplo, en el poema 21 de Chantal Maillard,
«No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una encrucijada,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.»
El infinito en este poema estaba en el paso de la imagen a la idea, pero cuando coloca el instante, aquello que sucede sin previo aviso, “acontece”, el instante como gesto no podría ser otra cosa sino aquello que descoyunta, que desquicia: la bisagra ya no funciona más. Un encuadre (“no es inicio ni término de nada”) deshecho:
«Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.»
Esa palabra que es del mismo texto es el espacio de esperanza de encuentro, una certeza de conocimiento. Pero el destello y el signo son sin un encuadre, están fuera de cuadro. Y es que encuadre también es aquel espacio donde puede ser colocada la imagen del mismo cuerpo, por eso, aquí, pasará su acontecimiento, el de Maillard, a su encarnación. En el poema 23 dice
«Un acontecimiento es un olor que espera
que alguien lo respire,
una herida que aguarda encarnarse»
Como si el texto fuera el cuerpo, aquella figura que, aún bajo sus coyunturas, mueve la escritura en su intimidad, o en el poema 28, muestra lo abierto y su repetición inefable:
«La realidad está aquí,
desplegada. Lo real acontece
en lo abierto. Infinito. Incomparable.
Pero el ansia de repetirnos
instaura las verdades.
Toda verdad repite lo inefable,
toda idea desmiente lo que ocurre.»
Desmentir lo que ocurre es omitir esa repetición que no procede sino de una vía pulsional: la pulsión es ejercicio de un eco encarnado, por promesa y por satisfacción desinteresada de la promesa. Porque en la promesa es donde solicitamos auxilio y ahí, en solicitud, la divinidad podría garantizar una presencia. Que sea más bien “el ansia de repetirnos” de una “verdad inefable” es lo que, en la escritura poética, vendrá a tratar de hacer el paso del no-ser al ser.
III.
Lo abierto será para Duras, esa disposición de no cerrar a una imagen-cuerpo aquello que cruza desde la carne, aquello que en la carne hace eco de una voz que no llega a definir nuestro nombre propio. Es una promesa que se sostiene como tal, como promesa de que nuestro cuerpo pueda reunirse con la carne en el eco de la voz que nos nombra. Pero no es sin locura este paso, una locura atroz, salvaje, aquella que nos gobierna como súbditos de la certeza. En este caso, esta otra locura, es la locura del amor, porque ahí donde se desvanece la presencia de aquel eco que nos nombró, aparece nuestra añoranza, aquel regreso que menciona María Zambrano al hablar de la poesía y de la voz «todos hemos esperado, alguna vez, ser llamados por esta voz que se nos apareció en eco. Esperamos oírla en palabras que venzan al temor y lo conviertan en infinito júbilo, en alegría lograda.»
Para llegar a esas palabras busca Zambrano en un origen, en algo primigenio, en recuperar un olvido a la vez que no lo sostiene, que no se queda con él, con el olvido. Porque hay, en Zambrano, una íntima vinculación con alguna deidad como el que prometió, o se asumió una promesa, de donación, donación que no llega, desesperación poética lleva a buscar
«y cuanto más se demora el regalo soñado, se vuelve hacia atrás. Parte, entonces, pero es hacia atrás; se deshace, se desvive, se reintegra cuanto puede, a la niebla de donde saliera… ‘y pobre hombre en sueños, / siempre buscando a Dios entre la niebla’.»
Así, entre desesperación, entre acoso, entre cuerpo perseguido, la voz que se desprende de la carne para ponerla en palabras es un espacio abierto para dar lo que nunca se tuvo, pues la voz no es una certeza de lo que dice, sino un intento de descifrarlo y al descifrarlo donarlo al lector.
No olvidemos que la escritura poética (de mujer, como dice Duras) esta empujada no por el cuerpo, sino desde la carne para otra imagen que, al llegar a ella, es sólo un momentáneo lugar de arribo.
“Entonces la poesía es huida y busca, requerimiento y espanto; un ir y volver, un llamar para rehuir; una angustia sin límites y un amor extendido.” ¿Será por esto que hay, en la creación poética, una cercanía con la divinidad? ¿Tanto por la voz, el verbo encarnado como por el intento de repetir esa promesa? Como si en la disponibilidad, en el vacío del cuerpo, uno esperara que volviera aquella luz y aquella voz, pero… ¿no es esta promesa de presencia una marca que, al desquiciar nuestro cuerpo, de angustia se vuelve lapso de escritura?
«Y para ello se mantiene el poeta vacío, en disponibilidad, siempre. Su alma viene a parecer un ancho espacio abierto, desierto. Porque hay presencias que no pueden descender en lo que está poblado por otras… Desierto, vacío; porque sólo cuando esa presencia llegue, llegarán con ella todas las demás; sólo con su plenitud y luz, cobrarán cuerpo y sentido las cosas.»
Que diga “sólo con su plenitud y luz, cobrará cuerpo y sentido las cosas” es, esta relación de escritura con el cuerpo pero a través de la encarnación, más bien, de su des-encarnarse.
Hay una carne que trata de saber de su verbo, al tratar de saber de él, genera un efecto que es la escritura. Porque es similar a lo que sucede en el goce del cuerpo, como lo lee Erik Porge desde Lacan (con la salvedad ya señalada: en psicoanálisis escasas veces se habla de carne):
«El goce del Otro es un goce del cuerpo propio, sede de un real que escapa a lo imaginario y a lo simbólico. Es el cuerpo real y vivo, el cuerpo animal, cuya consistencia de forma es del orden de lo imaginario. Se tiene acceso a un goce de borde, ligado a las pulsiones parciales. Se refugia en las zonas erógenas del cuerpo fragmentado por el significante.»
Esta fragmentación es lo más cercano a la carne: espacios acotados por donde transita la pulsión, vueltas y vueltas buscando lo que nunca existió, pero para buscar hace falta un garante, algo que me garantice que ahí existió algo: al momento de surgir esta promesa surge el garante, no hay uno sin el otro. Como aquello que Freud menciona acerca de la regresión: temporal y formal, ¿de qué formas buscó la pulsión su satisfacción? ¿De qué efecto es esta letra, esta escritura poética sino de este paso desesperado hacia el cuerpo y que no es sin la carne?
La escritura poética, la escritura que señala Duras de mujer, son estos fragmentos, bordes, este “cuerpo real y vivo” refugiado “en las zonas erógenas del cuerpo fragmentado por el significante”. La escritura poética del amor como ese trazado de promesa.
Pero es también al escribir que, como también señala Maillard
«escribir
para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos
escribir
para ahuyentar la angustia que describe
sus círculos de cóndor
sobre la presa»
Es que, al escribir para regresar a encontrar la voz que se espera, ese advenimiento de la presencia es, a la vez, un ceder del cuerpo al Otro, esta relación con una voz que se promete existente para un posible conocimiento, de lo divino de existir. Pero, el fracaso de este encuentro se muestra en la escritura, el fracaso y la huida. Ese goce de borde del que se habla en psicoanálisis, a partir de estas parcialidades a las que nos reducimos, es también, como diría Allouch: el goce del Otro no existe. O, lo que es lo mismo, la escritura poética desde la carne nos muestra esta desesperación de querer llegar a la verdad (encarnación) y caer sólo como saber, pero un saber de un vacío que, de forma, creemos que existió.
Quizá por esto Maillard escribe para curar la carne, para ahuyentar la angustia; quizá la escritura poética, así, como escritura de carne ya sin eco, sino descifrada desde otras aperturas, es una escritura a-tea.
Y es entonces que no hay carne sin cuerpo, no hay sino escribir desprendido del ideal pero no sin el arrebato en sus divinidades (Eros, Afrodita, o el Dios de San Juan de la Cruz), arrebato que suelta, desesperada, promesas. Que es al soltarlas como su hueco queda como el espacio íntimo del cual se desprenden esa llamada a sí, una carne ya sin Dios pero no sin erótica.

Baruch Martínez Treviño nació en ciudad de México (1986) vivió en Monterrey donde estudió en la Universidad Autónoma de Nuevo León para luego volver a ciudad de México a estudiar sus posgrados y demás diplomados. Practica el psicoanálisis en Mérida y ciudad de México.

