EL ARTE DE OCULTAR LO VAPOROSO
La mañana apuntaba buenas formas: vetas rojizas entre incipientes azulones que presagiaban un día esplendoroso. Tras la luna del parabrisas, observaba ese despliegue cromático como quien cree que a fuerza de mirar las cosas logrará que le traspasen el alma. El claxon grave y el grito alzado de un conductor que había perdido la compostura, retornaron a Nerea al cemento de la carretera, justo antes de que su Clio invadiera por completo el carril opuesto. El susto la dejó trémula y algo descompuesta. No era la primera vez que su mente divagaba y no volvía por sí misma a tiempo. Se detuvo unos minutos en el arcén, intentó recuperar la calma, la confianza en sí misma, y haciendo uso de su voluntad intentó concentrarse al máximo en la tarea de llegar al instituto. Después de los saludos matutinos de rigor, algunos cariñosos, otros puros formalismos, Nerea se dirigió al aula doscientos veinte. Allí, se encontraría, como ya lo había hecho a lo largo del curso, con los alumnos de segundo de bachillerato que, entre bromas, comentarios y bostezos, se disponían a ocupar sus asientos. Tras recuperar el hilo del discurso de la clase anterior, entre las expresiones entusiastas y provocadoras de algunos alumnos que la ayudaban diciéndole: “¡Sí, Nerea cuando aquel tipo se carga a Dios!”, decidió proseguir con la clase. Sabía que Nietzsche era cautivador para los adolescentes. También sabía que difícilmente podían ir más allá de lo anecdótico que el filósofo alemán mostraba. Y, por último, sabía que para ella era uno de los autores que podía desencadenarle el inicio de una nueva crisis. Por eso, según el año, decidía pasar más o menos de puntillas por el pensamiento nietzscheano y presentar a los alumnos su aspecto transgresor de la cultura, que era, por otra parte, lo que a ellos más les entusiasmaba. La claridad y la frontalidad con la que Nietzsche fue capaz de mirar el dolor físico y mental, era algo que Nerea no siempre era capaz de recorrer, y a menudo había sucumbido con esa voluntad débil, humana, demasiado humana, hundiéndose en el abismo del que nunca estaba segura de volver.
Con los años había aprendido a protegerse a sí misma. Ese cuidado suponía a veces no implicarse excesivamente en sus clases de Filosofía que tanta pasión despertaban en ella. Cierto es que disfrutaba menos, que tenía la impresión de no desvelar a los alumnos la profundidad del pensamiento de algunos autores, pero sabía que era algo necesario si quería sobrevivir, y vivir con una cierta normalidad.
Cuando se encontraba en estas fases que ella denominaba “de congelación”, porque no podía dejarse sentir, expresarse o ser ella misma, ya que las circunstancias intensificaban el riesgo de que las emociones se desbocaran, la arrasaran, y sin contención alguna saliera escupida de la vida, el dolor –a su vez– también aumentaba, aunque paradójicamente fuese lo que quería evitar.
Aquella tarde, después de la jornada laboral, anhelaba llegar a casa, tomarse alguna ayudita y refugiarse entre sus sábanas para fundirse en esa oscuridad vacía que todo lo invade al dormirnos. Pero, bien sabía que, eso, era el inicio de una serie de tardes en la oscuridad, así que se obligó a ir a la plaza situada detrás de su casa y, entre los griteríos de los niños, tomarse una taza de café y distraerse con un autodefinido. Al cabo de un rato se percató de una voz que, de hecho, llevaba un rato oyendo. Era un sonido grave, salía como a trompicones de la garganta, como a impulsos, por lo que la vocalización no era siempre clara. Miró al lugar de donde provenía y vio a un chico más joven que ella, sentado a una de las mesas de la terraza de la plaza. Tenía también problemas de movilidad al andar, así como en el desplazamiento y manejo de los brazos. Parecía contento, y a pesar de sus dificultades intentaba expresarse, sin más, aunque con cada palabra evidenciara la obviedad de su enfermedad. Al principio Nerea sintió admiración. Pensó en la valentía y el coraje de esa persona que se mostraba tal como era, sin preocuparle que los otros pudieran ver las dificultades que le imponía su enfermedad. Pero tras esa primera reflexión, empezó a sentirse triste, muy triste. Sintió unas ganas de llorar compulsivas y se maldijo porque atribuyó su malestar al maldito Nietzsche. Ante el miedo de empezar a derramar lágrimas y lágrimas de forma imparable y acabar con una crisis de ansiedad, que le impidiera respirar con normalidad, decidió volver con premura a su casa.
Apenas había abierto la cerradura y, a pesar de tener los labios apretados y el rostro contraído, las lágrimas le habían mojado los zapatos. Fue cerrar la puerta y el llanto se desató con gemidos y arritmias respiratorias que, como bien sabía, exigieron una dosis adicional de ansiolítico para recuperar el ritmo respiratorio normal. Acabó con los ojos hinchados, rojos, y el cuerpo agotado. Se estiró en el sofá, intentó recuperar del todo la calma y entender qué le había provocado esa agitación de forma tan súbita, después de todo el pobre Nietzsche ya había intentado enviarla a la cama y no lo había conseguido. Alrededor todo se mostraba monótono y cansinamente viejo: la tenue luz, las paredes, los muebles contrachapados, los cuadros sin voz, el rechinar del ascensor en la escalera y los residuos lejanos que deja la vida de los otros de vez en cuando.
Si tuviera una voz de metal, las palabras de los otros tintinearían en las mías. Verían un síntoma de mi mal. Tal vez me mirarían, pero no esperarían que cantase ópera. Si mis brazos o mis piernas fueran ostensiblemente hemipléjicos, tal vez me mirarían, pero no esperarían que hiciera lo que no pudiera hacer. Porque, al mirarme, verían cuál es mi enfermedad, calibrarían el grado de mis limitaciones. Todos sabríamos cuáles son las reglas del juego. Mi problema es que yo juego al solitario, no hay reglas, porque estas solo tienen sentido cuando hay más de un jugador. Nadie juega conmigo porque mi juego no se ve, es invisible, está en mi mente, depende de mi palabra, no existen pruebas diagnósticas que puedan demostrar objetivamente que ahí, hay un juego al que jugar, con unas reglas. Tan solo perciben un individuo, con una conducta recurrente que les hace deducir que probablemente exista tal juego y que sus jugadores siguen tales reglas o pautas.
Retorcida en cada sílaba de su monólogo, Nerea se incorporó bruscamente como quien ha recibido una descarga eléctrica, como quien se ha visto desdoblada y desposeída de sí. La angustia se había diluido, se sentía mejor. No sabía si había recibido la revelación de algún daimon o, si por el contrario, había sido el poder que te otorga el sufrimiento, el caso es que había entendido algo más de sí misma y de su enfermedad. Pero no algo secundario o colateral, sino un aspecto sustancial. Ella se esforzaba día a día por llevar una vida normal; pero ese sobresfuerzo consistía en no ser vista, en parecer normal, en cultivar el arte de ocultar lo vaporoso.
Le encantaba deslizarse alegremente en el aula y seducir a los alumnos con preguntas sobre el sentido y el sinsentido de todo. La filosofía había cautivado su mente desde siempre y por eso dirigía a los chicos por el laberíntico mundo de los interrogantes sin respuesta, con la convicción de que solo crecerían surcando caminos bien escarpados. Pero ese reto, que ella misma asumió, era a menudo su propia trampa, porque cada vez que iniciaba el recorrido con sus alumnos, era consciente de que su camino era siempre de ida, tal vez con punto y final. Aquel curso fue especialmente difícil para Nerea, se sentía cansada, muy cansada. Descubrir que parte de su fatiga vital se debía al hecho de que su enfermedad era oculta, o mejor dicho a ocultar, no contribuyó a relajarla. El cansancio parecía quebrar sus huesos, no podía seguir haciendo equilibrios entre su mente y su imagen social. Era agotador. Tanto que entre ideas, pensamientos, suspiros, se quedó profundamente dormida en el sofá, aquel que la había acogido horas antes al llegar a casa.
La mañana volvía a apuntar buenas formas, aunque hoy sentía su cuerpo abotagarse y su mirada estaba impedida. No obstante, cogió el coche y se dirigió al trabajo como si nada hubiese pasado. Cuando se adentró por los pasillos del instituto, observó que habían colocado un panel nuevo de anuncios, y supuso que estaría destinado a convocatorias o avisos reiterativos para los alumnos despistados. Se acercó para cerciorarse –nada más patético que un profesor desinformado pensó– y se quedó circularmente atrapada en la lectura de una convocatoria de un concurso literario: Solo se aceptarán los trabajos que se alejen de la visión estigmatizadora de la enfermedad mental y que contribuyan a la eliminación de prejuicios. Volvía contra su voluntad, una y otra vez, como sumida en un eterno retorno a releer la condición sine qua non que se formulaba en las bases. ¿Qué será una visión no estigmatizadora? ¿Tal vez una visión alejada de la realidad que contribuya a la eliminación de prejuicios? ¿Cómo? ¿Haciendo creer que un enfermo mental puede llevar una vida “normal” como hago yo? ¿A costa de qué? ¿De sufrimiento ahogado? ¿O acaso mi trabajo en el instituto sería igual de respetado y valorado si conocieran mi trastorno mental? ¿Si cada vez que necesito una baja laboral la pidiera?El timbre la sacó bruscamente del bucle mental en el que estaba sumida, y por un instante notó el vacío, el hueco en lo más hondo de sus neuronas. Tras unos minutos recurrió nerviosa a la agenda para consultar el horario y comprobó que la primera hora la tenía de guardia. Necesitaba tomar el aire, sentía presión en la garganta y en el pecho, algo de aturdimiento. Salió del centro, se dirigió a la cafetería de enfrente. Pidió una tila, y tras hacerse con un folio y un bolígrafo de tinta fina se dispuso a redactar este escrito que tituló El arte de ocultar lo vaporoso.
Ana de Lacalle (Madrid, 1964) estudia Filosofía en la Universidad de Barcelona, aprendiendo y disfrutando del arte de educar durante 23 años. Ha publicado el opúsculo “El príncipe destronado. El liderazgo del profesor”Ed.Bubok digital (pendiente renovación) Barcelona. 2012; ha participado en la obra colectiva “Huérfanos de Sofía” cap. 2. Ed. Fórcola. Madrid. 2015; La novela “Híbrido”, editorial Adarve, Grupo Caudal,Madrid julio de 2018; el compendio “Relatos y Aforismos”. Ha colaborado en la revista Filosofía Hoy (nº 49 y 56), Resonancia.org, con el artículo “¿Son individualistas los jóvenes?”. En el colectivo de escritores Letras&Poesía, en la web Escritores.org del que forma parte con el artículo “La adolescencia inacabada y el neocapitalismo”; en la revista Polisemia. En la actualidad dedica su tiempo a la lectura y a la escritura. Diariamente escribe en el blog www.filosofiadelreconocimiento.com


