Zona de Maniquíes

Bajo su gorrita siniestra, que lo desaparece del comentario amargo de las ratas de mercado, Cusi camina acharlado, sin sombra, de un punto a otro del sendero imaginario de su vida. Va pulseando los bultos de comida podrida, recogiendo las monedas sin brillo, los billetes sin valor que se caen de los bolsillos.  A esa hora, cuando las grandes puertas del Mercado Central del Callao se cierran, el espacio se convierte en un inmenso teatro abandonado, donde las relaciones comerciales y los tratos bajo la mesa pasan a formar parte de la caja fuerte de la memoria del transeúnte: donde se atesora la historia de maldad de la ciudad entera.

En el espejo que fabrica la baja luz sobre unas antiguas losetas perfumadas de sangre viva de pollo, Cusi observa, vanidoso como un muñeco, su rostro encañonado de piraña casi adulta, a la volada, continúa arreando a su mancha de perros hambrientos con una simple vara de carrizo en punta que se encontró en el basurero municipal y que representa su autoridad, el mandamiento y sus huevos sucios, frente a ese grupo de bestias hambrientas que lo siguen.

Cualquier embriagado parroquiano que no controla sus pasos como Cusi podría reencontrarse, una tarde como esta, con una amena batería de maniquíes, que son los miembros legítimos de un sindicato de delincuentes añejos y expertos en mañas de quitar con dos dedos el sencillo que cuelga del bolsillo de las distraídas amas de casa, sin tocarles la prenda ni el nervio. Cusi arrebata. 

Estos muñecos de fibra pálida son los chacales de los comerciantes mafiosos de este recinto; ellos permanecen sentados jugando a la timba, en posición de secretarios y fiscales de la pequeña sociedad nocturna que regentan, así relajan sus cuerpos sobre los puestos del mercado y divierten sus maneras para charlar con sus semejantes del aire lumpenesco que se respira.  Así se inicia una conversación picante de ida y vuelta que rompe el eco de estos pabellones solitarios: recuentan el día y admiten las quejas por la dura faena que significa atender siempre de pie y simular una sonrisa falsa ante un público dueño de malas mañas, adicto a toquetear sus duras nalgas, sus pulmones, su sexo, y, además, son conocidos sus robos que pasan por palomilladas, ante sus ojos de muñeca y sus oídos que graban el ruido del ambiente. Sobre estos pasillos solitarios donde los ecos carcomen las paredes huecas, los zapatos de Cusi arrastran el asfalto corroído por la humedad, y suenan a suela rota.

Y como si se tratara de un habla aceptada socialmente- para los oídos castos-estos cuerpos inanimados no respetan ni a las visitas ilustres,  ya que utilizan para conversar en el centro de su reunión, un léxico prohibido por la Iglesia chalaca y para las clases de etiqueta de alto calibre, como si ellos hubieran asimilado la forma más ruda del lenguaje casto del porteño avanzador, esos vocablos gruesos que se hablan hasta por las entrañas de las manos, y se disparan ciegamente en direcciones cargadas de calificativos groseros y lenguaje carcelario que ofende y defiende al mismo aire del Callao. Así hablan, como si se tratara de una burda repetición, términos extraños de la cana que aquí alcanzo a exponer: la desarmada, la empilada, del choreo por necesidad, de partir al otro, de la pichanga, del laburo, de la paila, la fragua, del cheque pivot, del tubo frío, del ser de avance ,del seco, de achaflanarse, de achicar, de la bajada de reyes, del trigo y del petróleo, del ser pilas rayovac,  de la armada, del bobazo, de la echada en primera persona por la libertad del semejante, de la mujer matrera ,del plomazo, del bulto, del barrio de Cusi( la cuarta), de  la vainetilla, del puñalapé, del parche, de la centreada, de la frenteada, de la rosadita, del boleto, del desahueve, de la menta baja de sal, de la cascada para tías, del Reynaldo fulero, e interminables expresiones nada amables para el público no acostumbrado a tremendas ofensas que pasan por habla cotidiana, lenguaje divulgado temerariamente por estos asambleístas sórdidos de esquina que se burlan en su discurso del estado, de la ley del mercado, del policía municipal nocturno y humillado, el cual no tiene responsabilidad ni palabra agresiva alguna para estos vulgares delincuentes de plástico.

Los maniquíes permanecen en charla amena toda la madrugada, que es el único tiempo que tienen para desarrollarse tal como son, como esos líderes macabros de las esquinas de los barrios del Callao que esperan la noche para hablar de su maldad, y escogen el momento exacto para ejecutar su ley de la calle, desafiando al diálogo ecuánime y al pedir las cosas con armonía, anticipando a todo con: por favor.

Por la mañana, cuando sale el sol por detrás de la isla, en el mar cercano se alumbra la vida del puerto, y empieza el aire fuerte que trae huevos de pez, la fiesta termina, y reaparecen estos curiosos personajes como todos los días, puestos todo tiesos en una fila solitaria, inmóviles y preciosos,  luciendo el achote en los dientes y otras prendas valiosas en el cuello y muñecas, vendiendo sobre su cuerpo esa ropa sin marca, sin ninguna gracia, sin ese apego  por las costumbres del vestir elegante- donde la nobleza obliga. Y como ellos son de buen tamaño y colorados, en un puerto donde ser blanco es un oficio, la ropa sobre su “piel” deja lucir su belleza de plástico, se pega con esa fragancia del mar, que es un aroma limpio que convence al público.

Miguel Coletti (Callao, 1975) es lingüista por la Universidad Mayor de San Marcos.
Desarrolla una intensa actividad cultural mediante los talleres de escritura creativa vivenciales y la fabricación de libros objeto de su editorial Manofalsa. Ha publicado en 2008 el libro “El Viaje sin Retorno del Primo Luk”. Participa en diversos eventos
literarios a nivel nacional e internacional. Su obra ha sido publicada en diversos países
como Argentina, Brasil, México, Chile, España y USA.

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