Poemas, Judith Erosa
La Furia de Poseidón
Uno al nivel del mar
se siente tan pequeño,
y recuerda aquella leyenda
de la guerra entre
el mar y el cielo.
Si no supiera que es el mar,
me parecerían truenos,
rugidos furiosos
de Poseidón
limitando su espacio
y su poderío.
La noche
se hace cómplice
para hacerse
más profunda y
envolver en un halo
de misterio
la ira del mar.
Los silencios entre las olas…
son de un negro noche…
de un negro sin palabras…
de un negro esperar
el siguiente rugido,
y el otro, y el otro…
Esos rugidos furiosos,
Mar…
¿son muestra de tu poder,
O apenas gritos
de sometimiento,
ante el poder inmenso,
pero silencioso,
de la serena
Luna llena
que te ordena
“Ven conmigo, ven a mí”
Ella mira, desde arriba,
cómo te resistes,
pero la sigues,
humilde…
ante su implacable
belleza y serenidad.
La furia de Poseidón
poco a poco la apaciguan
los trinos que comienzan
a afinar.
Una grulla marca el tono
Y ¡comienza el concierto!
…de flautas, clarines y chirimías
Con plumas verdes.
Ahora, Neptuno
no hace sino marcar el ritmo,
acompañar con sus multivoces
de timbal,
imprimir su cadencia marcial
a la Sinfonía.
Pero no es más que un integrante
de una Sonata rompeolas,
que Helios colorea
con pinceles de sus cabellos:
Sonata para unos ojos de mar
Azules…
Y Salados…
Ojos con sus propias olas,
con sus propias mareas,
con su propia Galatea,
que al sentir el vaivén de Neptuno
libera un orgasmo
y queda tirada a la orilla de mi playa,
playa de los recuerdos,
que ya no recuerda
La furia de Poseidón
Que habita en la noche,
…en cada noche,
Furia etérea que se desvanece
Y con la, etérea también, luz solar,
mustia, se viste de un
Azul serenidad,
Azul virgen
Azul ojos de mar,
Profundos,
Y salados…
Como siempre… como nunca…
En esa espiral
Que es la vida,
Uno pasa varias
Veces por los mismos sitios,
Hace las mismas cosas,
O eso piensa,
O eso quiere.
Pero nunca es así,
Siempre algo cambia,
Siempre algo se conserva,
En las cosas,
O en nosotros…
Hoy despierto,
Como siempre,
Y como nunca.
Me iré al trabajo
A hacer lo de siempre
Y lo que nunca.
Compañeras de viaje
La certidumbre,
Y la incertidumbre.
Miro el mismo espejo
Pero siempre olvido
Lo que miré ayer.
Veo la luna,
El sol, las nubes,
Las flores,
Oigo el canto.
Constancias intermitentes,
Eternidades efímeras.
Escucho la misma melodía
Me meto al mismo tráfico.
Descubro que siempre
Son diferentes.
El círculo del reloj,
De la agenda y del calendario,
Me encierra y me proyecta,
Me pasea y me regresa
Algunos días,
Sin embargo,
Nos golpea una eternidad,
La única,
La ausencia.
Y entonces sí,
Todo cambia.
LOS ROSARIOS DE MI MADRE
Rosarios,
variados rosarios,
infinitos,
como lo son en sí mismos,
al girar
incansablemente,
como el reloj.
¡Cuántas horas entre
los dedos de mi madre
habrán marcado
estos ábacos divinos!
¡Cuántas vueltas el sol
habrá dado,
por cada ciclo rezado!
¡Cuántas veces, por cada cuenta,
habré aparecido
en la mente de mi madre!
¡Cuántas caricias guardan
de sus manos tibias!
¡Cuántos secretos y cuántas angustias!
¡Cuántas noches la acompañaron!
¡Cuántos días le devolvieron la fe,
la esperanza,
la fuerza para seguir!
Ronda de flores,
Ronda de estrellas,
Ronda de piedras,
Ronda de lágrimas,
rondas infinitas como el universo,
que, sin embargo,
como la vida,
terminan
…para volver a empezar.
Rosarios
mágicos como tú,
misteriosos,
como la vida,
espirituales
como tu alma
de paloma asustada.
Rosarios,
mensajeros de paz,
de la paz de mi madre,
a la que un rayo de luz
iluminaba y santificaba.
¡Qué extraña energía
los atraía hacia mi madre!
Cada cuenta un escalón,
cada abalorio un peldaño
que te acercó a tu cielo,
a tu paraíso, a tu estrella.
Judith Erosa Rosado
Nació en la ciudad de México en el año
1973, estudió pedagogía en la UNAM y
Música de manera particular, lo que le
permitió impartir clases de Música a
nivel secundaria desde hace treinta
años. Siempre cultivó paralelamente el
gusto por la lectura y por la escritura,
medio por el cual describe a menudo su
mundo exterior, pero sobre todo, su
mundo interior.


