LA LIBERTAD COMO FENÓMENO OBSERVABLE, NOS HACE LIBRES.

Por Ana de Lacalle.

Pensar la libertad in abstracto es una de esas cuestiones que se escapan a nuestra posibilidad de conocer, lo que es en sí misma. Esto ya lo vio Kant que la consideró uno de los postulados de la razón práctica equivalente al conocimiento de Dios y del alma. Sin embargo, el filósofo prusiano entendía que, sin ellos, los humanos estamos huérfanos de sentido.

Supondremos, en consecuencia, que como la libertad no es aprehensible más que se si se materializa en acciones, lo único sobre lo que podemos pensar es sobre éstas e intentar dilucidar si han sido realizadas libremente o no.

Obviamente, precisamos aún otra aclaración. La libertad expresada como fenómeno para ser analizada -hasta donde se pueda- debe ser entendida en su sentido negativo: la no privación efectiva de la posibilidad de elegir, o si se quiere aún más, la constatación de que los motivos que han impulsado la acción no han sido impuestos de manera externa al individuo.

Es decir, en cuanto la libertad solo puede ser identificada como fenómeno material, lo que en realidad captamos son las acciones consecuentes a esa supuesta libertad, nunca la libertad propiamente. Y, en este sentido, solo cabe analizar si estas acciones han sido determinadas y resultado indefectible de una causa anterior o no.

Así, pensemos que lo que a menudo denominamos decisión no es más que la acción misma. Sería absurdo pensar que un individuo puede decidir una cosa y luego hacer otra, porque en estos casos que aparentemente suceden así, no es que se produzca una contradicción entre decidir y actuar, sino que lo que se ha producido ha sido un cambio de decisión manifestada con la acción correspondiente. 

Lo expuesto hasta ahora es coherente con la reflexión que Schopenhauer hizo sobre la cuestión de la libertad. Seguiremos parte del discurso del pensador alemán ya que es clarificador en el sentido que venimos sosteniendo. 

Sin embargo, vamos a realizar un recorrido inverso al que realizó el filósofo alemán. Me explico: si él llegó a facilitar cincuenta reglas para la vida en su obra “El arte de ser feliz”, hay que deducir necesariamente que existe un margen de libertad en nuestras acciones, en cuanto marcar reglas implica que pueden no seguirse y, en consecuencia, que por muchos motivos que influyan en nuestra voluntad, nuestro querer y la acción resultante, existe la posibilidad, sea como sea, de actuar en contra de nuestra propia felicidad. 

Así, si podemos actuar en contra nuestra o beneficiosamente es que poseemos cierta libertad para elegir qué queremos. 

Aquí cabe, clarificar en primer lugar que para Schopenhauer conocemos el motivo por el que hemos actuado gracias a la reflexión a posteriori, es decir una vez llevada a cabo la acción. Esto indica que la experiencia, la constatación de los motivos que nos acercan o alejan de la felicidad son rechazables o pueden ser queridos, en función, claro está, de cómo afecte a nuestra vida. También, cabe recordar que para Schopenhauer la felicidad es la ausencia de dolor, no tanto explícitamente la búsqueda del placer, y que lo que conocemos de nosotros mismos tras las acciones nos conduce a querer lo que nos lleva a ese estado de mínimo dolor. Así afirmaba el alemán que:

“Sólo por la experiencia podemos conocer lo que queremos y lo que podemos, mientras no lo sepamos, carecemos de carácter, y lo que nos abre los ojos son los golpes adversos. Una vez aprendido poseemos lo que en el mundo se llama carácter, el carácter adquirido.”

Según lo expuesto, la libertad fenoménica, como acto cognoscible existe y, por lo tanto, para que esta sea ejercida con conciencia por el individuo, éste precisa de un conocimiento de los motivos, del querer, de las acciones que tienden a alejarlo de su felicidad o a aproximarlo. En cualquiera de los casos, hay un instante en el que nuestra autoconciencia palpa lo benéfico y lo pernicioso e intenta que los motivos, lo que quiere, lo que le mueve a actuar sea lo que le va a comportar mayor grado de bienestar -aquí entraría en juego lo que el filósofo denomina la autocoacción-. No estamos condenados, por falta de libertad a la infelicidad. 

En síntesis, por muchos condicionantes e incluso determinaciones que podamos constatar que padecemos, la libertad nos permite reconducir nuestra forma de ser como individuos y los senderos por los que caminamos.

Lo que poseemos o no depende de nosotros mismos, de nuestra capacidad de conocer lo que queremos y de modificarlo, si constatamos que nos conducirá al vacío y lo superfluo. Esta concepción de la libertad alejada de la abstracción y constatable empíricamente es precisamente lo que la hace factible y nos permite orientarnos a la felicidad, y aunque no hemos entrado en la cuestión en el ámbito ético.

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