INDIGENTE EN UN DÍA COMÚN
Urgo entre la muchedumbre un indeciso aire fresco para flotar en el, salvando mi zona de equilibrio que me queda en este salvaje río de gente, el tiempo se alarga lentamente entre los vagones como parte del oscuro mobiliario, como un mudo testigo para quebrarse en mi frente sudorosa y esculpir mi pasado y mi inminente muerte.
Me percato que no estoy solo, los cuerpos se frotan, chocan, compiten una y otra vez hasta opacar conversaciones y risas confusas, desean un lugar que los acune, como a mi, mientras dirigen sus cuerpos cansados y mentes dispersas a su destino, soy como ellos pero invisible, ellos buscan continuamente fijar su mirada en a nada y yo desde ahí busco sus ojos, observo un espacio a la deriva y me arrojo como un héroe caído en la última batalla con mi mente debilitada.
Lo he conquistado, curiosamente el río se abre, me siento el moisés del barrio, he dejado a mis contrincantes deseosos y con las miradas insostenibles de despecho, siento su rechazo como espinas en mi rostro calcinado por el calor en las dolorosas calles donde transito con el anonimato a cuestas, mi poder emana no de fuerzas obscuras, es más eficaz mi olor moldeado en mi piel vestida de costras de cenizas de tantos días tocando suelo, soy semilla o cucaracha de drenaje.
Un murmullo se posa en mis sienes y hace un eco interminable que me despierta de mi prisión silenciosa, que ha formado la soledad que me construyó a diario, esas voces ininteligibles me hacen regresar a mi viaje de conteo de durmientes, el mismo juego que crea mis confusos pensamientos.
No le entiendo del todo, es lejana, parecería que nace de mi interior, busco su procedencia a la derecha, una mirada de cólera me atrapa, es una mujer joven, morena y de acento vulgar, parece que reclama algo sin ser escuchada, mueve los brazos como queriendo asestar un golpe al aire viciado. Mi hilaridad resuena a carcajadas, aún sin comprender es compulsiva mi reacción ante la escena, el espacio se expande de mí y hago otros dominios a mí alrededor, conquistó la atención, soy el único héroe.
Sin querer encuentro el aleteo de otras palabras, me mira fijamente, no sé si reza o da un discurso el viejo indigente, su mirada reflexiva y confusa escudriñaba mi curiosidad, por su aspecto no revelaba su tiempo sin embargo sus temblorosas manos indicaban ya un desgaste extremo.
Se ha dado cuenta que le miró también y rompe el efímero hilo que nos une, mira al cielo de metal y plástico que lo envuelve e inicia sus balbuceos nuevamente; la saliva le escurre por la barba de estropajo hacia la desnudez de su torso, es lo único que lo ha tocado constantemente durante mucho tiempo, hace signos en el aire como la mujer, mientras sigue un discurso casi imperceptible.
La certeza de sentirse rodeado es tan frágil, como su cuerpo pero profundamente aterrador, siento una necesidad de conocerlo y mis manos deletrean un saludo, antes de reconocernos el convoy llega a la estación del caos y nos quedamos solos con los ecos lejanos donde puertas amables se abren para expulsarnos.
Doy algunos pasos sobre pasillo y volteo hacia el movimiento del tren, llevo mis manos al rostro, sigo de pie petrificado, el viejo ha desaparecido de mi vista cansada, mientras mis pies descalzos me dictan salir al frío de siempre, ya no soporto el cansancio y mi cuerpo se mueve a destiempo; ya no estoy solo arrastro sueños en costales, mis temblorosas manos me revelan lo que olvido por momentos, soy yo el viejo tatuado en los cristales del metro.
ROBERTO ROJAS GUZMÁN
COLABORADOR DEL CONVERSATORIO ÉTICO, ESTÉTICO Y POLÍTICO
CUENTO CORTO DE LA SERIE “LA VIGILIA DE LO OBSCURO”

