CON LOS OJOS CERRADOS
Blanca Estrella Ruiz – Abril 2010

En el planeta las multitudes caminan comos seres muertos, zombies. A decir verdad, los centros comerciales se llenan de personas cuando hay rebajas y ofertas. La promesa siempre evidente: compra más mejor precio, más rendimiento y sobre todo el imperativo ¡Sé feliz! Así, en los espacios generadores de ficciones se cuela la fantasía y por las coladeras se desechan los deseos íntimos de los personajes que ahí comparten un espacio y tiempo, la esperanza de un poco de alegría eufórica es inyectada. Es el sueño de la modernidad.
Todo se acelera. El crecimiento y el desastre aparecen como engaños dentro de la fábula de palacios de mundo mercantilizado, las cantidades de energía consumida por esta gama de tiendas son colosales y en el planeta los recursos se agotan día con día.
Al interior de uno de estos tótems de la modernidad llamado Palacio de Fierro se encuentra Rubén un adolescente de apenas catorce años probándose unas botas amarillas. —¿Cómo te quedaron? Pregunta la vendedora en tono enfático—, él salta de un susto, distraído contesta: —un poco grandes, ¿me puede dar un número más grande? La vendedora se aleja dirigiéndose a la bodega donde se tropieza con una torre de cajas vacías, el joven voltea su rostro para no mirar el caos que se ocasiona en la sucursal por el incidente.
Rubén se recarga en la pared y se acomoda en su banco, cierra los ojos, a su pensamiento viene una imagen. Él, de niño corriendo con unas botas amarillas dirigiendo sus pequeños pasos hacia su madre; acompañándolo su abuela paterna inerte, en el extremo del parque le grita — ¡no corras, ten cuidado!, su mamá lo espera con los brazos abiertos del otro lado de la acera, lo recibe con un gran beso, lo abraza y ambos giran en voltereta.
A Rubén le gusta salir con su padre los fines de semana, pero desde hace unos meses el hombre al que tanto admira se consiguió una novia nueva que espera su tercer hijo, el padre de Rubén será papá nuevamente, eso lo trae muy distante. Desde que el chico recibió la noticia le embarga una gran pena, “¿cuál es su lugar en la vida?” Tiene cinco años que su abuela murió, aquella vieja de piel morena y cabello plateado vuelve a su mente con la sonrisa que le brindaba calor fraternal y una lágrima le escurre por su rostro al recordar su muerte.
Fue después de dos años del accidente de su abuelo que lo dejó paralítico, que la anciana cayó en una depresión que la llevó al suicidio. Un día abrió las perillas de la estufa dejando salir el gas y se asfixió. Esa mañana su padre acompañó a su abuelo al hospital. Cuando regresaron los bomberos estaban de visita en casa, el niño sólo cerró los ojos sin mirar, imaginó un bosque lleno de majestuosos árboles, un vecino se acercó al pequeño, lo cargó y lo llevó a su casa, ahí quedó Rubén con el brazo izquierdo cubriendo sus ojos. Por la mañana sólo preguntó — ¿y mi abuela? —. El vecino le habló de Dios y del cielo en donde seguramente su abuela lo estaría esperando.
Abrió los ojos y miró alrededor, la vendedora seguía acomodando las cajas de zapatos. Volvió a acomodarse y se acordó de su madre enferma de los nervios. Desde que su padre se fue de la casa, ella no volvió a sonreír, siempre molesta, grita y amenaza con matarse si alguien le menciona al fantasma del padre de su hijo, que para ella murió el día que puso un pie fuera de su hogar. Hace ya más de diez años sus padres se separaron. En una ocasión su madre descubrió que su Rubén grande como ella le decía a su esposo, la traicionaba con una compañera de la oficina. El hombre salía con su amante los fines de semana, el pretexto que usaba para fundamentar su mentira eran los juegos sabatinos de básquetbol. Cada fin de semana se retiraba de casa y regresaba al caer la noche.
La vendedora se acercó y le mostró las botas amarillas con el número solicitado, el adolescente las tomó y se las midió. — ¡Exactas quedan exactas!—, pagó en la caja y salió del local donde los aparadores mostraban sueños felices.
Corrió y saltó con sus zapatos mágicos. Al llegar al metro se encontró con sus amigos que apostaban por ver quién saltaba en medio de los andenes de la estación Chabacano. Rubén emocionado le entró al juego. Uno de los muchachos más grandes del grupo saltó primero, enseguida el joven sin ver que un tren se acercaba a gran velocidad, se encarreró, cerró los ojos, y brincó. Ahí, en los carriles donde los sueños se forjan en ilusiones, a la par se despiden las vidas que apenas se inician.
Las nuevas botas amarillas deslumbran entre las vías.

