De la libertad plena, los fantasmas.

Por Herles Enrique Velasco Ruvalcaba

Roberto Juarroz dijo alguna vez que existe una paradoja en el concepto de libertad total, afirmando que entre más libertad obtenemos, menos asideros nos van quedando para sostenernos en el mundo. ¿De verdad ansiamos una libertad absoluta? me parece no, que la inmensa mayoría de los seres humanos aspira a una libertad parcial, no muy diferente a la de otros conceptos igualmente complejos y espinosos que, en apariencia, entre más plenos, más positivos: dios, amor, arte, verdad, felicidad, etc. Es decir, casi cualquier cualidad vitalista, casi cualquier idea que creemos ir en pos de encontrar su punto máximo en nosotros para hacernos “más humanos” es quizá uno de los mayores engaños que nos hemos construido para callar las voces en nuestras cabezas que nos dicen que siempre hay algo más allá que se puede alcanzar y ser, pero que probablemente nos dejaría en un limbo en el que no habría nada más a lo que aspirar, un caballo sin su zanahoria,  un mundo en el que no soñar con los ideales fundamentales, en el que naceríamos y moriríamos simplemente contemplando el entorno, como lo hace la hoja de un árbol, una idea que quizá no esté muy alejada del concepto de libertad en algunas filosofías orientales ¿Esa libertad plena implicaría también la emancipación del ego y los paradigmas a los que hemos decidido someternos? Si hablamos de total libertad habría que considerarlo. Es un hecho que, entre más grandes y plenos experimentamos este y otros conceptos, paradójicamente, menos humanísima racionalidad y emoción necesitamos.

Tal vez por eso hemos tenido que matizar el concepto de la libertad plena, encontrar métodos plausibles para experimentar una libertad (un amor, una verdad) a la carte, digerible, palpable, humana (con todos los defectos que ello implica). Ejemplos hay muchos: libertad entendida como la ausencia de coacción, en la que nuestras decisiones y acciones no se imponen o restringen a partir de la injerencia de otros, el límite somos nosotros; la del determinismo liberado, que implica que esa libertad la decretan acciones  provocadas por nuestra propia naturaleza e inclinaciones, y ahí también están sus límites; el libre albedrío, que aunque afirma que podemos ser y hacer lo que nos plazca, en libertad,  debemos tener en cuenta las implicaciones, y por tanto limitaciones, morales de nuestro actos; la libertad existencial, que afirma que somos libres solo si podemos superar nuestras circunstancias personales, con el fin de darle un sentido a nuestra vida que tendrá otros límites, y de nuevo un largo etcétera. No sobra quien ha dicho que más que libertad, sólo podemos aspirar a decidir a quién (o a qué) obedecer, que solo somos libres de decidir quién es nuestro amo.

De esa libertad plena y absoluta que algunos hemos visualizado en nuestros sueños más guajiros, en nuestras reflexiones más etílicas, se concluye que no solo es inalcanzable, sino que se vuelve, incluso, después harta reflexión, indeseable. Como si todo lo absoluto condujera a una inevitable nada (si todo es ____, entonces ya nada es) y la nada nos espanta. La libertad absoluta no sostiene a nadie, dijo el poeta argentino en contra de nuestro instinto pretencioso de perfección; sin embargo, la búsqueda de esa fantasía/fantasma de la libertad (como la de tantos otros conceptos) resulta indispensable, en parte no sólo porque estamos muy lejos del numen de la libertad absoluta, estamos muy lejos también de esos conceptos de libertad asimilables que mencionamos párrafos atrás, la libertad con asideros, que han imaginado las grandes mentes de nuestro mundo a lo largo de la historia, y es necesario materializar esa libertad defectuosa a la que todavía aspiramos, a sus espectros o sombras. Hemos inventado conceptos inasibles e inalcanzables para, en su búsqueda, ser, pensar y hacer, a la vez que los hemos mutilado para que puedan ser nuestros.

Y por supuesto, seguirá habiendo revolucionarios que sueñen con la libertad absoluta, ideólogos, políticos, académicos, guerreros, filósofos, poetas que enarbolen los ideales más utópicos, aunque en el caso de los poetas vale la pena decir que ya algunos entienden que su búsqueda de libertad a través del lenguaje es siempre un intento y siempre un error, como la propia experiencia de la libertad plena; entonces, la poesía en este y otros casos, ahonda en las absurdidades humanas y las pone de manifiesto y, al ser ella misma verdad y tentativa, acierto y error, libertad y predestinación, sigue siendo la manera más sublime con la que contamos para ser y expresar libertad (y también sus espectros); porque en la poesía, esa disparatada búsqueda de la libertad absoluta se sublima en sus límites, parafraseando a Juarroz, no se trata en este caso de una experiencia absurda, sino de la experiencia grandiosa de lo absurdo. Esa Libertad mayúscula necesita ser inalcanzable para seguirla pensando, deseando y luchando por ella, para poder aspirar a vivirla de las únicas formas que podemos, mermadas, en sus espectros, que aun así nos rebosan. 

Herles Enrique Velasco Ruvalcaba / herles@escueladeescritoresdemexico.com

Comentario
  • Ruy Vega
    Responder

    Wow 👏👏👏

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